A las mujeres que solían ser mis amigas:

Los recuerdos que mantengo, en los que a veces me atrapo sonriéndoles, es todo lo que queda; he decidido después de tanto tiempo soltar lo que no pertenece más a mi camino, aquellos nombres que en su momento fueron recurrentes, pero con el tiempo se tornaron constelaciones distantes, indescifrables.

Quiero dejar algo claro: Aunque ya no compartamos la misma mesa, ni nuestras penas, hay algo que nos une… Ese compromiso irrevocable de que, si mañana alguna desaparece, le arrebatan el aliento, le cierran sus ojos, gritaré su nombre con hambre de justicia.

Aquí mismo hago el pacto conmigo, con ellas, con todas, de que los secretos dichos, y las hazañas vividas, son para mí, un tesoro que entierro y me llevo a la tumba. Que lo que nos separó, probablemente no sea lo mismo que nos haga encontrarnos de nuevo, pero que de alguna forma, nos llevó a construir el camino que tanto anhelábamos en aquellas conversaciones sobre a donde queríamos llegar.

Deseo que todo lo bueno llegue, que todo mal pase, y que en la sororidad podamos reconocer nuestros errores; que tal vez no dimos lo mejor, que no fuimos justas las unas con las otras; que a veces tu persona favorita es tu amiga, y es la misma que puede romperte el corazón, pero romperse siempre significa que es para reconstruirse. Y aunque ya construí una realidad sin aquellas mujeres, sin ustedes, cuando su nombre atraviesa mi cabeza no hay más rencor.

Hoy quiero admitir que sí, no siempre tuve las mejores palabras, ni tomé las mejores decisiones, lo hago no con el fin de excusarme sobre mi responsabilidad, sino para poder poner punto final a las historias que, aunque el final no me convenció, tengo que aprender que en la vida no se obtiene respuesta a lo que nos lastima cada ocasión.

¿Y quién sabe? Quizá en algún momento el reencuentro surja distinto, en otro escenario, en otros tiempos, tal vez con más años encima, con menos pesares, y más celebraciones. Ahora toca cerrar el capítulo de los 20, de los años de confusión y construcción para poder lanzar el cohete a las estrellas; es momento de dejar ir lo que me dejó hace mucho tiempo, y viceversa.

A las mujeres que solían ser mis amigas: Espero que todo aquello que era un deseo, se vuelva realidad; que las ciudades se construyan a su alrededor; que conquisten aquellos lugares impensables; que se hagan escuchar; que el dolor florezca y nazca un cerezo; que la perseverancia siempre las acompañe, y que su lugar en el mundo lo asuman. A aquellas mujeres que me acompañaron durante días extraños, en las lágrimas, en la alegría: Gracias, porque al final somos el resultado del amor que damos, y las historias que escribimos.

Ahora pues, que nos asesinan más de lo normal, que las calles no son un lugar seguro, y que los hombres mantienen su pacto de encubrimiento, yo mantendré el mío vigente… Si tocan a una, respondemos todas, ¿no es así? Quizá nuestras hijas no terminen llamándose primas las unas a las otras, ni pasemos Navidad juntas, ni mucho menos volvamos a compartir una botella, pero, si la crueldad del mundo nos aborda, que nos tome aferradas a los recuerdos de la vida que en algún punto compartimos, por encima de los cambios inevitables que trae la vida.

A aquellas mujeres que solían reír en mi hombro, y llorar en mi pecho: Fue bonito coincidir, y crear un compilado anecdótico digno de compartir en los años por venir. Fue especial querernos de aquella forma, cuando el mundo parecía estar en nuestra contra, pero nosotras nos dábamos ese equilibrio con postres y tequila. Que así se quede, y que lo malo muera. Que muera el pasado, y que viva la sororidad.

Texto de Arte Jiménez

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