Último arrullo de estrellas

Cuando era niña mi padre decía que yo era su princesa, que tenía que encontrar a un príncipe que me cuidara, me amara, y más que nada, que me respetara en todo momento. Mis padres me llevaban por helado cada domingo, me platicaban anécdotas de cuando eran niños, escuchábamos su música en el automóvil; mis padres eran mis héroes, diario se levantaban a trabajar de madrugada, regresaban exhaustos, pero siempre con entusiasmo por abrazarme y preguntarme cómo me había ido en la escuela.

Crecí con esta idea loca de que el mundo constaba de crecer, elegir una carrera que me hiciera feliz, y en algún momento poder compartir mi felicidad con un hombre como mi padre, que estuviera presente en todo momento y me llevara a conocer el mundo de su mano. Mi padre tal vez no se dio cuenta que me cuidó demasiado, que crecí encerrada en una burbuja que, en una noche cualquiera, unos completos extraños, reventaron.

Yo tenía amigos, iba a la escuela, sacaba buenas notas, me divertía subirme al trampolín, y disfrutaba del amor de mis padres como nada en el mundo. Yo tenía una vida. Tenía 12 años.

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Aquel día yo había salido con mis amigos de la colonia y al ver que el sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros, me apresuré para poder llegar a casa y merendar mis galletas favoritas, me encantaban las galletas de chispas de chocolate. Seguramente mi mamá me regañaría, pero es que ese día habíamos estado muy divertidos jugando y yo había ganado todas las veces.

Mi mamá un día me advirtió que había gente mala en el mundo, que no se podía confiar en cualquiera, que, al caminar por las calles las mujeres teníamos que hacerlo con prisa, que era mejor andar acompañada de amigos varones porque así era más difícil que algo me sucediera. Yo no entendía muy bien la angustia de mi mamá, pero siempre hacía caso a sus indicaciones; ese día nadie pudo acompañarme a casa de regreso.

Andaba de prisa con los brazos cruzados, estaba a dos cuadras de mi casa, la calle estaba silenciosa. Pasó un automóvil a mi lado y siguió andando hasta que de pronto se detuvo: recordé lo que había dicho mi mamá… “Existe gente mala en este mundo”. Quise despejar de mi mente aquel pensamiento y concentrarme en llegar a salvo; me pasé del otro lado de la calle caminando de prisa y simplemente no me di cuenta que dos hombres se habían bajado del automóvil. No recuerdo sus rostros, solo recuerdo su olor, un olor a peligro. Intenté zafarme, pataleé, me taparon la boca para no poder gritar, su fuerza era diez veces más que la mía, me subieron al automóvil, uno de ellos me golpeó en la cara: “Qué rica estás”, exclamó, mientras intentaba quitarme la chamarra.

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Comencé a llorar, recordé a mi padre, a mi madre… Mi padre quien no tardaría en regresar a casa y no me vería sentada en la sala; mi madre que estaría mirando inquieta el reloj. Mi burbuja colapsó, dejé de sentir mis piernas, mis pies, mis articulaciones, me debilité, el miedo había tomado cada centímetro de mi cuerpo. El automóvil se detuvo después de un trayecto que había sentido eterno.

La oscuridad no me permitía distinguir ningún rastro de su cara, solo sus siluetas, como si fueran criaturas de otro mundo, malignas y egoístas. Abrieron ambas puertas traseras, cada una de las bestias en una puerta distinta, una de ellas me quitó los zapatos y los lanzó al exterior, lo mismo hizo con mi pantalón y mis calzones nuevos; la otra bestia me sentó y me exigió que me quitara la ropa, yo gritaba que no, que no quería, me abofetearon, por lo que la bestia, a la fuerza, me quitó la chamarra y rompió mi playera, me arrancó mi corpiño y me acostó sobre el asiento.

Sus manos parecían ser serpientes que solo se encargaban de presionar contra mi cuerpo y moldearme a su antojo. Golpeaban mi cuerpo y me daban órdenes como si fueran alguien, como si tuvieran algún derecho. Cuanto más me oponía, más era mi dolor… No existen los príncipes realmente, existen los pobres seres humanos víctimas de su pobre y nauseabunda mente.

Sentí un dolor punzante entre mis piernas, me ardía, me quemaba; una de las bestias me exigió abrir la boca, ¿Para qué?, ¿Qué era yo?, “Puta”, así dijeron las bestias; yo no sabía en ese instante lo que quería decir la palabra, solo recordaba haberla escuchado en alguna conversación afuera de la tiendita y por las expresiones de las personas, denotaba ser algo negativo. ¿Qué fui yo todo ese tiempo? ¿Una puta pidiendo ser violada por ir sola en la calle camino a casa?

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Mi mente se puso en blanco, los rostros de mis seres queridos se volvieron recuerdos borrosos y distantes. De última instancia, recordé una película donde el hombre estaba en el bosque y un oso negro se había acercado a su campamento y él pensaba para él mismo “hazte el muerto”, eso mismo hice… Dejé mi cuerpo inmóvil, dejé de sentirlo mío.

Me mataron. Su sed había sido saciada y mi utilidad era nula.

Me habían arrancado mi vida, a mi familia, a mis amigos, mi futuro, mis ganas de estudiar, mis deseos de ir a la playa en el verano, mi felicidad, mi paz mental, mi idea sobre los hombres amorosos como mi padre. Mi pobre padre, mi pobre madre, mis amigos…

Vi a mis padres buscarme por las calles, casa por casa, calle por calle; los vi sufrir noche tras noche, día tras día, su amor se debilitó y yo no podía hacer nada. Las autoridades habían ofrecido ayuda mucho tiempo después, creían que yo me había escapado de casa todo ese tiempo, su ineptitud me consternó, ¿No se supone que ellos deben velar por los ciudadanos? Los vi andar por llanos, por cerros, por baldíos, hasta encontrarse con un pequeño río a casi una hora de mi ciudad natal; llamó su atención una bolsa negra por algún extraño motivo, pero ese extraño motivo era yo en sus cabezas indicándoles el camino… Ahí estaba yo.

El dolor de mis seres queridos y mi incapacidad de hacerlo cesar me impedían partir, me mantenía amarrada a una vida que ya no era mía con la esperanza de poder volver a hacerla mía. Pero el mundo había dejado de ser mi hogar. ¿Qué vida me esperaba después de todo? Una mujer viviendo atenida a las reglas de los hombres, encerrada, sin derechos, sin voz, ¿Esa era la gran vida que me esperaba? Ser golpeada, violada, asesinada, acosada en las calles, recibiendo un trato como si fuera un objeto y no un ser humano.

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Era cuestión de tiempo, cada octubre mis padres pondrían mi fotografía más bonita en la ofrenda, aparecería en las plegarias de mi familia y mis amigos, y yo tenía que partir, ser libre al fin del dolor que me hacía sentir aun humana. Aprendí a extender mis alas, volé tan alto como pude, y desde las alturas observaba… Yo abrazo a mis padres cuando el viento sopla, les hablo cuando los pájaros cantan, yo estoy ahí cuando la lluvia golpea su ventana… Yo sigo viva.

Ando por las calles y debajo de mis alas llevo las vidas de las niñas que, cuando nadie observa, las bestias buscan hacerlas sus presas. Ando yo, como manto protector, en cuidado de las mujeres. Ando yo en la boca de las mujeres que todavía pelean por nosotras, por la justicia. Todavía ando y andaré por siempre hasta que se enjaulen a las bestias que devoran todo a su paso.

Texto de Arte Jiménez

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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