Carta al miedo: no me destruyes, me reafirmas.

El miedo me ha realizado visitas las últimas semanas; me pone a temblar cada que toca a mi puerta: dudo de mí misma y vuelvo a caer en su juego.

Es cierto, me hace sentir insuficiente, poca cosa, diminuta, insignificante. Pero no, he decidido no abrirle la puerta ni una vez más; hoy he decidido dejar de llamarlo “mi amigo”.

Lo sueños fueron creados para cumplirse, y no voy a morir inconclusa. Sí, tengo miedo al fracaso, pero tengo más miedo a dejar de intentarlo.

Nací para hacer lo que me apasiona, nací para esto, nací para ser alguien y nadie me va a decir que no lo merezco o que me detenga porque la vida es difícil, porque de todos modos lo fácil nunca me gustó.

La tormenta había azotado hasta la columna vertebral de mis sueños, la había debilitado, y por un segundo pensé que por primera vez iba a colapsar, pero no…. No me destruiste, me reafirmaste.

Puede ser que tropiece otras mil veces y que marque mi cuerpo con cicatrices, pero prefiero salir a pelear, que mirar desde aquí, donde nada sucede.

Tomo mis libros, empaco la ropa, guardo mis dudas en el cajón donde arrumbé a las malas personas, los malos ratos, y el dolor, porque pertenecen ahí: en el olvido.

No tengo un plan, aún estoy aprendiendo a tomar vuelo, aún estoy aprendiendo a dejar de lado “lo seguro”. Lo que sí sé es que a donde sea que vaya, voy a llevar el olor de casa conmigo.

Paso a paso, poco a poco; “Lento porque vamos lejos”, como leí un día. Así tome años, así tome otras mil batallas contigo, miedo, yo voy a volver a nacer en la mañana.

No hay batallas perdidas, solo lecciones aprendidas, por eso es que no voy a ser tu prisionera, no voy a ser víctima de tu hechizo.

Así llore miles de noches más, así duela hasta el alma, yo he de volver cada vez más fuerte, porque cuando apareces y quieres romperme, ¡No! No me destruyes, me reafirmas.

Provocaste ya muchas tormentas, en ninguna morí; hoy podrías burlarte de mí, intentar hacerme sentir menos, pero no, ahora yo soy tormenta.

Provocaré ciclones, cruzaré los mares, cada rincón de cada continente, que mi nombre llegue a oídos extraños hasta que no tenga que presentarme más.

Te compré ya, un boleto para la primera fila, para que aplaudas lo que suceda de aquí en adelante, porque, aunque sé cuántos sueños haz roto, el mío sigue intacto.

Porque yo que era fuego, me apagué; de mí solo quedaron cenizas. Ahí, flotando en el agua gris aprendí de ella, a bailar con ella, a sobrevivir la catástrofe, y como buena autodidacta que siempre he sido, aprendí a no ser llovizna, sino el ojo del huracán.

Texto por: Arte Jiménez

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