Homenaje: la gente que me marcó y nunca lo supo.

Últimamente una especie de nostalgia habita mi cuerpo. A veces creo que sigo siendo una niña pequeña que no comprende cómo funciona el mundo; siento que a pesar de que ante el mundo soy una mujer, sigo arraigada a la música vieja y a los desayunos que prepara mi papá cada domingo. Es cuestión de tiempo y lo sé, es una cuenta regresiva inevitable, y siento que la vida se me va como arena corriendo por el reloj.

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He estado recordando a la gente que me crió,  a los buenos amigos; aunque hay años de distancia, hoy de una manera extraña me siento aquella niña de 10 años que escribía canciones sin tener ni idea de lo basto que es el mundo. Hoy volví a escuchar a U2 mientras recordaba aquél viaje en coche que hicimos, cómo el aire golpeaba la ventana, y pensaba: – quisiera ser astronauta -, y tal vez era porque quería resolver el misterio de lo que hay allá afuera, o más bien, quería saber cómo es una estrella con exactitud, sin darme cuenta que cada ser humano es una, y que cada persona entra en nuestra vida a guiarnos, a iluminarnos la existencia.

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¿Qué será de mí cuando me vaya? Quisiera saberlo con certeza, pero lo único que tengo es el ahora, y lo vivo, lo aprecio, a pesar de que la vida se ha vuelto apresurada y he dejado de tener tiempo para largas charlas, quisiera volverlas a tener. Porque me muero de miedo; el mundo es un escenario enorme y de pronto yo me siento un grano de arena, y quiero ser más que eso.

Aún recuerdo los veranos en nuestra vieja casa, cuando salía a andar en bicicleta, cuando los amigos, más que eso, se convirtieron en hermanos, y compartíamos secretos, el primer trago de cerveza, el primer cigarro, el primer amor, el primer beso, el primer “agarrón”, o como cuando nos persiguió una patrulla por invadir propiedad privada y terminamos entre el pasto alto. Sí, más que amigos éramos una promesa de incondicionalidad. Y claro, crecimos, cada uno se convirtió en lo que quiso: algunos decidieron viajar por el mundo, otros ayudar al prójimo, otros con exitosas carreras, algunos siguen sin superar su etapa de alcoholismo, otros se fueron a otro lado a perseguir su sueño, y otros se casaron y tuvieron hijos.

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Y aquí estoy yo, con estas fotografías que son una ventana al pasado. Observo aquellas miradas, analizo los gestos, y las sonrisas, y en ese momento, sin saber lo que nos deparaba el destino, éramos indestructibles, soñadores, y vencedores del porvenir. La nostalgia es exceso de pasado, y no creo que ese sea mi caso, simplemente la tarde está nublada, no he parado de trabajar, y añoro aquél pueblo al que llamaba “horrendo” de chica, y ahora llamo “hogar”. La mesa con comida caliente hecha por mamá; la ropa limpia y ordenada; la vista al volcán y los atardeceres; las caminatas por el campo y el olor a primavera; la familia entera riendo en la sala y las tardes de películas; aquella época en la que la felicidad se resumía a lo sencillo.

Recuerdo a mis profesores, a pocos para ser honesta. Una de mis profesoras me dijo que había sueños que había que abrazar y nunca soltar, sin importar que tan fuerte golpeara la marea; así que yo tome un lápiz y una hoja de papel para contar historias, y desde entonces no los suelto. Una de ellas me tomó entre sus brazos cuando mi mamá estuvo hospitalizada, yo era demasiado pequeña, y qué curioso, quien fue luz algún día en mi vida, ahora lo es desde el cielo. Recuerdo mis clases de historia universal en la secundaria, desde entonces no he vuelto a tener clases así de buenas, nunca. Otras me enseñaron de arte, inglés, o matemáticas, pero el común denominador entre ellas es que nunca ninguna dejó de creer en mí y en lo que me podría convertir.

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Cuando me enamoré por primera vez no tenía idea de las graves consecuencias que surgen al no tener como primer amor, a uno mismo. Recuerdo la dependencia emocional y la violencia psicológica, pero estoy segura que sin aquél veneno yo no habría podido convertirme en quien soy hoy, y aunque dolió, y me costó más de un año recuperarme, lo hice, y comprendí que hay lecciones que la vida da por las malas, no por ser una mala vida, sino porque las batallas de nuestro futuro requieren que seamos resistentes, que no volvamos a caer una vez más.

Y claro me enamoré una segunda vez, un amor caótico pero bonito, donde al final comprendí que la vida sigue, que las personas deben seguir adelante, y que hay felicidades temporales que nos son obsequiadas en forma de personas. He de decir que recuerdo con mucha más nitidez la última vez que quise a alguien, y no había estado consciente de lo mucho que lo había querido. Recuerdo el día en que su abuela falleció, y en ese momento le hablé a Dios – llévate el dolor de él y de su familia, porque el mundo está hecho un desastre y sería una desgracia vivir sin su sonrisa -. Recuerdo haber escuchado a mi corazón decir: – es él -, y sí, porque, aunque al final no se quedó conmigo, fue él quien logró despertar a un gigante dormido que habitaba en mí: las ganas de hacer las cosas bien.

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Cuando tenía 17 años vivía rodeada de niñas criticonas, niñas cuyas palabras eran navajas y acuchillaban por la espalda. Recuerdo haberme sentido fea cuando me miraba en el espejo, insuficiente, pero lo suficientemente ciega como para no saber ver lo increíble que en realidad soy. Dejé que hablaran mal a mis espaldas, que me juzgaran, que me pusieran el pie para tropezar, pero de esos golpes aprendí a defenderme, y hoy, no camino con la cabeza cabizbaja, hoy camino firme.

Mis hermanos no son los bebés a los que solía poder cargar, mi hermano hoy es mucho más alto que yo, y mi hermana comenzó a tener más admiradores secretos. Mis compañeros de regaños, de momentos felices como la vez que vimos la nieve por primera vez; las pláticas sobre los gustos de cada quien; los corazones rotos y como uno se repone; la dificultad de la vida que te arrebata la inocencia y un día sin previo aviso te convierte en adulto. Soy tan afortunada que me tocó tener con quien bailar debajo de las tormentas, y reír cuando la alegría toque nuestra puerta.

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¿Qué será de nosotros cuando el reloj de la vida nos quite el tiempo? No lo sé, pero mientras yo sea capaz de sentir, quiero sentir una y otra vez. Quiero sentir el dolor de un fracaso; la catarsis que provoca un amor no correspondido, la serendipia que significa uno inesperado; la incertidumbre de no saber que carajos voy a hacer con mi vida después de la carrera; el goce tremendo de abrazar a mi abuelo y poder comer en su mesa aún; la rabia por las injusticias y cómo se abre mi boca para defender al débil; hasta ésta maldita nostalgia que me transforma en un fantasma de mi presente para poder volar a las memorias de un corazón joven y salvaje, porque lo he sentido todo, y quiero volver a sentir la arena en mis pies.

Tengo bien presente aquella vez que viajé al viejo continente por primera vez y me di cuenta que quería formar parte del mundo entero, que yo pertenecía a todos lados, y que, aunque aprender a volar es doloroso, es necesario. Pero, vaya, no dejo de recordar a aquellos que me acompañaron, me acompañan, y acompañarán; y que, aunque algunos ya no están, yo les llevo en el corazón, que no dejo de desearles dicha, porque al final con los pilares que cimentaron, a mí me han convertido en una mujer plena.

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Recuerdo tantas cosas, tantos rostros, tantas texturas, tantas canciones, tantos olores, tantas voces. Lo mejor de mi vida no ha sido la ropa de marca, ni un jodido iPhone 7, tampoco ha sido vivir rodeada de lujos… Lo mejor de mi vida ha sido vivirla tan bien que al mirar atrás veo contenido digno de convertirse en best seller o en una película acreedora a un Óscar; he tenido una buena vida, y la vida ha sido buena. Que he tenido la fortuna de encontrarme con gente con quienes he escrito historias, y se han convertido en las estrellas de mis párrafos, la razón por la cual creo en la poesía, en los milagros, en la bondad.

Últimamente una especie de nostalgia ha habitado mi cuerpo para recordarme mis raíces, para recordar mi punto de origen y saber que estoy fuerte, que lo hice bien, que yo puedo, que he sobrevivido, y que es hora para tomar vuelo, porque el destino parece apuntar lejos, y porque…

No he dormido bien los últimos quince días; el sueño se me va pensando en la lista larga de codas que tengo que hacer; los lugares a los que quiero ir; la persona en la que me quiero convertir; de repente todo se ve enorme, y yo me siento insignificante. Pero me exijo, me demando levantarme aunque no quiera, porqué me dejaron de gustar los términos medios; el café nunca me gustó tibio, el amor nunca me gustó mediocre, y los sueños nunca me gustaron chiquitos.

Texto de Arte Jiménez

Fotos por Victoria Corona (@vcroja en Instagram)

Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

10 thoughts

  1. Gracias, es exacta la descripción respecto a la sensación de nostalgia y más frente a la vida atemporal. Aún así, las palabras no alcanzan para plasmar todo lo que navega la mente.

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  2. Dulcemente interesante este escrito es la gran descripción de como nos llegamos a sentir cuando nos damos cuenta de lo bella que es la vida y no la sabemos aprovechar, en algunos momentos, por esperar que la nostalgia se aleje de nosotros cuando en realidad nosotros somos los dueños de nuestro destino y que la solución la tenemos en las manos y sólo es cuestión de tener el valor de hacer lo correcto.

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