Efecto dominó.

Todo terminó donde empezó: un par de extraños; esta vez con mucho en común: recuerdos.
Recuerdos como el primer beso a escondidas porque no queríamos admitir que había algo más que “solo amigos”.
Así que esperé, pasaron los meses, te tuve, te quise y te perdí, me perdiste, más bien.
Me di cuenta que tu forma de querer es ordinaria, pero, ¿la mía? Extraodinaria, convirtiendo tus fracasos en poesía.
Porque te gusta más besar las botellas de ron, y pasar calor entre cualquier par de piernas abiertas.
Te gusta demostrarte que puedes tener a quien quieras, ¿quién mejor para hablar de ello que quien conoce tus fantasías?
Tú y yo hicimos un buen trío: tú, yo y tu mentira: 》”Te quiero, mi niña” 《
No cabe duda, hace más frío estando a tu lado, que yendo a la Patagonia en verano.
No necesité disfrazarme de policía ni esposarte a la cama para encontrar tu mayor crímen: tú jugabas conmigo.
Me faltó leer los términos y condiciones de tu juego, pero, yo más que tomarlo a juego, te tomé en serio.

Te tomé como se toma un shot de tequila, de golpe, sin pensarlo, aunque al final la boca tenga sabor amargo.

Debí haber besado a aquel israelí, debí haberte mentido, debí haber besado a tu amigo, pero no, porque yo siempre fui mejor contigo, de lo que tú fuiste conmigo.
Y sí, te consideraba diferente, alguien mejor, alguien de bien; pensé “aleluya”, encontré a un buen hombre.
Todo terminó con una nota de voz de dos minutos y medio, supongo decirme en la cara que eras un cobarde te dio miedo.
Lo que yo tanto juraba que era amor, se convirtió en botellas de vodka, noches rodeada de extraños, y la pérdida de mi sentido del humor.

Mi mamá tenía razón, – Ándate con cuidado, no todo es ni muy blanco ni muy negro – decía, y así es, ahora soy una persona gris.

Y quiero encontrar a alguien que me coloree, que me llene de colores, pero, ¿para qué? Si yo aprendí a colorear a los cuatro años. Puedo hacerlo sola con mis propios dedos.
Pensé en alguna buena distracción, y ahí conocí a Mario de Tinder. Me dijo que le encantaba y me acordé de cuando tú me dijiste que me querías hacer feliz mientras bailábamos “Timber”.
Concluí que nadie podría llenar el vacío que dejaste, no porque seas especial e irremplezable, sino porque saqueaste mi corazón, me dejaste en bancarrota emocional.

Y cuando me dicen: – ¿Qué te pasó? Tú no eras así -, yo les respondo: – Él -.

Te desearía el mal, pero ya bastante tienes con no poder deshacerte de tu ex, quien te rompió el corazón, y luego tú me destruiste a mí.
Ahora que quiero estar con alguien más, no puedo evitar evitarlo, querer salir corriendo, el daño que me hiciste tú, se lo hago a él y todo es un efecto dominó.
Es una lástima, tu familia me caía bien, me gustaba la comida que preparaba tu mamá, lástima que tú le saliste malo; le faltó echarte huevos y revolverlo con una cucharada de amor.
Aquí estoy, tratando de reparar los daños, pego pedazo tras pedazo y cada vez me siento mejor, debe ser la costumbre de que esto pase cada año.

Así que sí, volvimos al principio, un par de extraños con un historial lleno de claroscuros y sentimientos que el tiempo no quita que sean mutuos.

Rompimos las reglas, y demostramos al mundo que la comida no es lo único que uno se come en la mesa del comedor.
Demostramos que el amor es una amistad en llamas y que solo es cuestión de tiempo para que todo se convierta en ruinas y cenizas.
Y si alguna vez pasó por mi cabeza el pensamiento de comprometerme con alguien, fue cuando te encontré. Ahora que no estás, el compromiso y la seriedad son una linda historia, una utopía más bien, en la que dejé de creer.
Él me pregunta porque no somos algo, porque no puedo darle la mano, me pregunta porque mi corazón es frío, – Él -, le respondo.
Abro los puños de mis manos, – ¿Ves? No tengo nada que ofrecer…-,  le digo. – No sé lo que quiero, no sé a donde voy, solo sé que un día te quiero y otro no -, concluyo. – Entonces aprendiste del mejor – contesta, y se va sin darme un beso.

Lo nuestro es efecto dominó, ella te descuidó a ti, tú a mí, y yo a él, y él seguramente al rato a cualquier otra va a romperle el corazón también.

Le pido perdón porque no es su culpa que tú seas más adictivo que las pastillas. Tú me agitas el sistema nervioso completo, pero cuando veo a mi corazón hecho añicos, prefiero evitar cortarme con las astillas.
Y aunque las canciones ya dejaron de recordarme a ti, y que puedo escuchar “mi historia entre tus dedos” sin querer llorar, mis problemas siguen llamándose – tú -. Culpo a mi excelente memoria, que más que servirme, me agobia.

A ver quien te canta “Persiana Americana”, aunque la canción tiene razón: te prefiero fuera de foco, inalcanzable; pensándolo bien, te prefiero invisible, donde no te vea y dejes de doler.

Mientras, el insomnio sigue siendo mi cómplice, y no quiero que nadie sepa donde estoy, ni con quien voy; quiero ver si puedo tener una resaca más fuerte que la que tuve cuando te tomé en serio.
Texto por: Arte Jiménez

3 comentarios en “Efecto dominó.

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