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el amor propio es reconstruirse.

Ahora, amarme es reconstruirme. Es verme con la realidad, sin infantilizarme, sin victimizarme, sin encontrar excusas a todo y responsabilizarme de las malas o buenas decisiones que he tomado. Decir que me amo sin admitir que he tenido días en los que me odio, sería una vil mentira más.

¿Has sido una mala persona? Siento que es una pregunta que no resulta muy placentera de responder porque implica ver hacia ciertos rincones de nuestra persona, los cuales no resultan tan agradables. A veces no es tan obvio o no es algo que sometamos a un examen, hay ocasiones en las que parece que simplemente vamos andando con la corriente de la vida y es casi imposible detectar que hemos sido despreciables. A mí en lo personal me sucede que, sé perfectamente bien lo que he hecho mal y sé perfectamente bien también que algunas decisiones o actitudes no tienen justificación alguna más que decir: Sí, he sido una mala persona. En cambio, hay otras que me dejan pensando…

El otro día estaba viendo a una creadora de contenido hacer un reto de 14 días de amor propio; cada día hace algo distinto por y para ella; desde hacer ejercicio, prepararse de comer, salir a caminar, ir por su café favorito, tomar terapia, distintas cosas, de pronto me pregunté, –Bueno, y si tú fueras a hacer un reto similar, ¿qué acciones harías por ti?–, podría elegir cientos de actividades para lanzar un mensaje, ¿cierto? Ir al dentista, hacerme exámenes de revisar mis niveles de absolutamente todo, comer sin culpa, sentarme a hacer un maratón de lectura, ¡Ah! Y hacer un análisis de todo lo que he sentido y vivido estos meses, en el pasado, y cómo todo eso me ha transformado en una persona que ni yo he terminado de conocer. Sí, suena tentador y alentador, pero sobre todo, difícil, tan difícil que podría resultar todavía mejor posponer el discurso del amor propio, porque la realidad es que, amarse a una misma es decirse las cosas que no quiere escuchar.

Gracias a un récord personal de eventos desafortunados acumulados en los últimos dos años, he aprendido que la parte más cruda y cruel del afamado «amor propio», es a la vez la más honesta y es irónicamente, la que más ignoramos. Sí, una copa de vino, sí, una rutina de skincare, sí, salir a caminar en la naturaleza, sí, cortar lazos tóxicos, pero, ¿y las partes de nosotras mismas que necesitan ser desechadas? No remodeladas, no, desechadas; al final ese trabajo lo tiene que hacer un par de manos y tendrán que ser las tuyas. No siempre nos preparamos para ir a nuestras propias raíces y cortar la hierba mala que nutrimos para que creciera y se apropiara del espacio a nuestro alrededor. Podemos culpar a la sequía, al mal tiempo, a la inundación, pero jamás daríamos con el remedio de no ser por ese momento en donde por fin nos amamos tanto que, nos damos cuenta que somos el problema.

Hay muchas cosas que me han costado aceptar, como que mi manejo del tiempo no siempre es el adecuado; que suelo posponer decisiones importantes hasta el punto del estallido; que a veces las palabras se me escapan antes de poder acomodarlas; que mi tristeza se convierte en enojo; que me ausento con tanta facilidad que soy capaz de no dejar rastro en las vidas de las personas que más he querido; que digo que sí a muchas cosas a las que quiero decir que no; que mis palabras rasgan tan profundo que hay cicatrices que al tacto todavía duelen.

Antes, el amor propio era levantarme temprano, ser una estudiante buena, hacer ejercicio, invertir en un buen protector solar o en darme tiempo de calidad para hacer cosas que disfrutaba. Ahora, amarme es reconstruirme. Es verme con la realidad, sin infantilizarme, sin victimizarme, sin encontrar excusas a todo y responsabilizarme de las malas o buenas decisiones que he tomado. Decir que me amo sin admitir que he tenido días en los que me odio, sería una vil mentira más. El amor propio no es un polvo mágico, es una suscripción a la determinación de trabajar en ti, a pesar de que es doloroso admitir que sí, no somos las mejores personas en el universo.

Pon atención en esto: Hay versiones de ti en la cabeza de otras personas en donde tú fuiste una villana y eso no te convierte en una mierda; tienes derecho a equivocarte, a no dimensionar el poder de tus acciones o de tus palabras, sólo asegúrate que después de vivir algo respondas a la pregunta, –¿Esto me daría orgullo gritarlo al mundo o me genera vergüenza?–. No tengo que decirte qué hacer si algo que hiciste te genera vergüenza, pero lo repito: Haz el trabajo. Asegúrate de romper los patrones que te corrompen, no dejes al aire el poder reiniciar tu vida, no temas enfrentarte a ti misma porque eso implica a lo mejor, revisar traumas del pasado. Teme ser una persona que dice que se ama y nunca se ha detenido a observarse más allá de la piel y que ignora las entrañas. Mejor sé la persona que admite que ha sido mala o que tuvo un error, no hay nadie que la libre ni sea inocente, quítate el peso de querer ser la mejor persona y opta por ser la real, la que después del estallido puede ser capaz de reconstruir una ciudad en donde paredes inocentes cayeron.

Recuerda, ser la mejor persona no es ser la que tiene un comportamiento impecable, sino la que se equivoca y puede, con toda su humanidad, reconocer que se ha salido de la raya.

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