A las madres que cometieron errores:

El último día antes de mudarme mi familia me dedicó unas palabras de despedida; cuando llegó el turno de mi mamá sentí una especie de golpe en el pecho porque, nos convertimos en cómplices y compañeras, tanto a la hora de cumplir deberes como a la hora de comer alitas con cerveza; teníamos conversaciones de todo tipo y sobre todos los temas; salíamos a caminar a la hora del atardecer generalmente y hablábamos sobre los pasos que hay que dar en la vida; fueron años en donde no solo estaba madurando yo, sino ella. Al final de su discurso me pidió disculpas por el daño que pudo haberme causado, por los errores que cometió, por haberse equivocado, por haberme lastimado. Para ser honesta habíamos estado viviendo tantas cosas tan especiales que había olvidado los días en donde no fuimos cercanas.

No siempre supe escuchar a mi madre y muchas veces ella no supo escucharme a mí; muchas veces no aprecié lo suficiente el esfuerzo o sacrificio que ella hacía y muchas veces ella no supo cuánto me esforzaba internamente; muchas veces elegimos palabras para herirnos y otras veces elegimos el silencio; no siempre fuimos lo que somos ahora, pero, ¿qué seríamos sin las equivocaciones del pasado? Plantas plásticas, estáticas, que no mudan de hojas, ni crecen, ni florecen, ni reverdecen después del frío, en cambio, somos flores que no solo se ven bonitas cuando están juntas o que son parte de un paisaje, sino que son rosas que no temen a las espinas de la otra.

En ocasiones pienso en mi mamá de joven, con ambiciones, queriendo trabajar para alcanzar objetivos, con hambre de crecimiento, pero también pienso en la niña rota por las cosas que le sucedieron y no pudo compartir con más personas; pienso en la mujer joven que renuncio a una parte de sus sueños para iniciar otros, pero que a la vez se preguntó si estaba tomando las decisiones correctas; pienso en la mujer joven que me recibió en sus brazos y fue mi primer contacto con esta tierra; pienso que todas ellas, que, aunque son la misma mujer que llamo «mamá», son, entre ellas, muy distintas, me atrevo a decir que no son las mismas y podría surgir una disputa si se enfrentaran hoy en día. Pienso en eso porque crecí en una cultura que idealiza a las madres, que las retrata como seres perfectos, amorosos, serviciales y que por naturaleza desean parir, pero es uno de los mitos más grandes que han existido.

Mi mamá quería ser mamá, tenía ese deseo el cual fue perseguido por años hasta que de pronto, se le concedió. Por mucho deseo que tengas, la vida no te prepara para cargar con una responsabilidad tan grande y tampoco te enseña, propiamente a ser una madre. La sociedad, por su parte, tiene una idea de cómo hay que ser «buenas madres»: Para serlo hay que aprender a cocinar, planchar, limpiar, cuidar e incluso piensan que es algo que se les da naturalmente a las mujeres y que es su obligación. Lo cierto es que puedes estar embarazada y odiarlo con todo tu ser; también puedes querer estar sola sin tu hija o hijo; es normal no querer ver a nadie por una semana; ser mamá no anula el ser humanas y ser humanas no quiere decir que no podamos ser madres.

No podemos ni debemos idealizar a nuestras madres, no son seres mágicos llenos de fuerza extraordinaria ni figuras inmaculadas, son seres humanos que han sufrido, que llevan consigo heridas de las cuales no sabemos y tal vez nunca sepamos, son mujeres que lastiman, que hacen daño, que acompañan, que ríen, que gozan, que tropiezan, que aman. Digo esto porque, considero importante que hablemos con realidad para actuar con compasión; me parece que como mujer adulta joven que va descubriendo grandes cosas en la vida, la compasión es una de esas herramientas que ha cambiado por completo la manera en la que tomo y suelto muchas situaciones; entiendo que en ocasiones la gente hace las cosas desde heridas, traumas, patrones que no han podido enfrentar ni dejar atrás y esto tal vez se deba a que no siempre estamos conscientes de lo que hacemos o decimos, a veces ni lo cuestionamos.

La imagen materna lleva consigo una gran carga, una gran responsabilidad, lo más lamentable es cuando encima de todo aquello tenemos que crecer en un entorno machista en donde el trabajo doméstico, por ejemplo, no es reconocido, sino que en automático pasa a ser una obligación; a esto hay que sumarle que México es un país con un gran índice de violencia doméstica; es un país que todavía carga con tabúes como el de la educación sexual integral. ¿De dónde venimos?, ¿cuánta carga de tristeza y lamentos llevamos cargando en nuestro árbol genealógico?, ¿por qué nuestras mamás y abuelas fueron de determinada manera? Aquellas son preguntas que me he hecho y aunque no he obtenido todas las respuestas me ha servido hacérmelas para ver todo desde otra perspectiva, otra en donde existe el espacio para imaginar a las mujeres de mi familia como quien soy hoy: Una mujer que se enorgullece de ser fuerte pero que en realidad no debía de ser fuerte ni de madurar en su niñez, éramos niñas que necesitábamos más amor, comprensión, pero que la vida nos colocó frente a obstáculos realmente complicados en donde no tuvimos otra alternativa más que ceder.

No quiero decir que si tu mamá te violentó es inocente o si tu abuela violentó a tu mamá es inocente, lo que intento decir es que, tener un mayor entendimiento de las figuras maternas en tu familia, podría ser de gran ayuda para liberarte a ti, para poder darte paz a ti y que rompas con todo aquello que se recarga en ti hoy día… Toda la historia familiar que surgió hace cientos de años y que toca cuestionar, modificar, transformar hoy con el conocimiento que tenemos. Bajar de un pedestal a nuestras madres no hace que pierdan valor, al contrario, podemos ver la crudeza con la cual han vivido, apreciamos sus heridas, escuchamos sus historias, entendemos su pasado y, de una forma, soltamos lo que no podemos seguir sosteniendo en nuestros días venideros como mujeres independientes.

A todas las mamás: No tienen que ser perfectas, no tienen que cumplir estándares, no existe una sola forma de ser madre, equivocarse no va a convertirte una mala madre.

Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

Deja un comentario