Derrumbarte para volver a construirte.

¿No es una locura que 2022 esté a tan solo 4 meses de distancia? Hoy, cuando vi eso en un tweet, yo misma me obligué a detenerme para poder asimilar no solo una semana, sino, la primera mitad del año que, aunque ha resultado fructífera, también me ha hecho verme a través de otros ojos y conocerme en facetas que ni yo imaginaba que pudiera explorar algún día. Este año ha sido un suspiro, estamos a unas 6 fechas festivas de cerrar otro año de incertidumbre, miedo, dolor, pero también de crecimiento que, aunque no lo parezca, lo hemos tenido todas las personas que hoy seguimos vivas en medio de una pandemia.

Este año ha sido un baúl lleno de sorpresas, acontecimientos que jamás en el pasado hubiera imaginado enfrentar: La muerte, la dificultad laboral, decidir retomar este blog como un espacio propio, el amor, los logros. Ha sido un cocktail que sin duda, tiene más notas dulces que amargas. Creo que incluso he aprendido a bailar más con la tormenta que esconderme de ella. Estoy aprendiendo a encarar las cosas que me han llevado a desarrollar patrones que no tienen otro lugar más que los traumas que me generó la soledad y el abandono que sentí cuando tenía solo 5 años. Estoy aprendiendo a amarme más que a aceptarme, a cambiar lo que sé que está mal en mí, a rebajar la maleza que se ha adueñado de mis espacios internos haciéndome sentir que ni yo misma puedo cuidarme. Estoy aprendiendo a ser una mujer adulta en un mundo que no me enseñó a gestionar mis emociones, ni me mencionó que sería sumamente difícil encontrarme con la plenitud. Pero, ¿no es algo que estamos haciendo todo mundo? Estamos sobreviviendo a las secuelas de una cuarentena que parece eterna, a los choques generacionales de quienes queremos ser mejores y cambiar la narrativa con la que se cuenta la historia, a un sistema que nos oprime y sobrevive por la desigualdad que existe entre clases.

El escenario que imaginaba para mí misma a esta edad hace unos 7 años, no tiene nada que ver. Estaba llena de ideas erróneas sobre muchas cosas, normalizando lo que no era normal ni jamás lo será, un ejemplo de ello ha sido hacer las paces con mi cuerpo, compartirlo en redes, entender que las inseguridades son fabricadas, no pensamientos o creencias innatas. Es ese punto de mi vida en donde he aprendido que la incongruencia es parte de la vida, de mí, de todas las personas; no existe la congruencia perfecta ni una persona que no cometa errores y que en la búsqueda de esa perfección que nos han vendido y hemos comprado como excelencia, nos olvidamos que existe cierta magia en evolucionar, en vernos aprender, en vernos equivocarnos, en tomar malas decisiones, en decir cosas desde la ignorancia; eso nos permite darnos cuenta que aún espacio para entender mejor nuestro entorno, pero sobre todo, a nosotras mismas. Recuerdo mis primeras clases de la Universidad: «¿En dónde te ves en 5 años?» era una pregunta muy recurrente entre el profesorado; en aquel entonces respondía que me veía publicando libros, escribiendo tal vez para el New York Times, haciendo una maestría en periodismo, viajando por el mundo. Hoy, con todo el orgullo del mundo puedo decir que no cumplí con todo aquello y que tampoco sé que me depara el destino.

Estoy en paz con no haber cumplido mis propias expectativas porque a cambio de eso me di cuenta que había otras cosas por vivir, sentir, disfrutar. Sí, el camino es sumamente excitante aún cuando no estás en tu punto soñado. A veces, la vida da mil vueltas y te das cuenta que había cosas que ya no quieres más porque entre las cosas inesperadas que había ocultas para ti en el camino, encontraste que podías ser alguien más, que puedes seguir cambiando y escribiendo tu historia mientras una tarde decides no hacer nada. De esto tomo como ejemplo mi reciente compromiso. Yo no quería casarme, yo no lo buscaba, yo no creía en todo aquello, tampoco había sido mi sueño el planear una boda, ¿y qué sucedió? Estaba construyendo un camino para mí cuando de pronto se cruzó el de alguien más y descubrí casi 3 años después que, había otras formas de vivir el amor que no solo fueran las que veía en películas o series adolescentes. Verdaderamente existe algo que hace que dos personas conecten, formen un equipo, crezca, se cuestionen continuamente sobre todo, se equivoquen, se consuelen, se corrijan, se mejoren, algunas personas le llaman amor, pero aquello es una decisión.

Sí, la primera feminista en su familia se acaba de comprometer y eso hace unos años me hubiera causado el peor de los enojos. Crecí, cambié, me enamoré muchas veces de la vida, de mí, de amantes fugaces, de tantas cosas a la vez, que ahora ha llegado ese momento en donde decidí compartir un camino con alguien, construir de a poco, definiendo nuestro propio camino, rompiendo algunas reglas. No, definitivamente no trabajo en New York Times, no soy una periodista, ni he publicado un solo libro, pero lo que he vivido estos últimos años no lo cambio por nada, me hizo excavar en otros rincones que no me había atrevido a ver de mí. Pero el hecho de no estar en donde deseaba no quiere decir que no esté en donde quiero ahora.

Estoy rodeada de amor, he conocido a gente increíble, me he rodeado de energía que me sienta bien y se me nota. Soy exactamente alguien de quien mi yo de 5 años estaría muy orgullosa. Soy mi propio espacio seguro. Soy quien necesitaba cuando lloraba de chiquita. Soy ese refugio en mis crisis más profundas. No he ganado el título de maestra ni premios internacionales, pero he conseguido comenzar a respetarme y, aquello no tiene precio.

Quiero vivir como me ha enseñado la pandemia… Estar presente, agradecida, sin desaprovechar tanto el tiempo y no lo digo necesariamente por despertar todos lo días haciendo mil ocho mil cosas, sacando pendientes, cumpliendo al pie de la letra mi rutina, sino sabiendo elegir mis batallas. A veces ser productiva también es detenerse para observar, escucharse, sacar de tu vida lo que no te sirve más, poner límites, aprender a decir «no», cerrar ciclos, abrir otros. Elegir nuestras batallas es saber a qué destinarle nuestra energía, incluso cuando eso implica tener conversaciones incómodas, enfrentar situaciones que temíamos, romper lazos que creíamos eternos. Productividad es construir el camino que deseamos en todos los sentidos, desde el más simple, hasta el más complejo.

Así que, sí, a veces la crisis, la incertidumbre, el caos, el no saber a donde ir es exactamente lo que necesitamos pues el camino que habíamos tomado en un inicio no se amolda más a quienes somos ahora. No pasa nada si nada llega cuando querías, si todo se da de manera inesperada y tú sientes que no estás lista, lo que he aprendido también, es que estás justo en donde tienes que estar para vivir las cosas que tienes que vivir, las cuales te prepararán para la siguiente etapa de tu vida. Teme (es normal) pero no retrocedas. En todo sendero desconocido hay nuevos estímulos para nuestro cuerpo, alma y mente. Ábrele tus brazos al presente, no te aferres al pasado ni al futuro y haz todo lo que puedas con lo que tengas hoy, aunque eso te lleve a aceptar que nada es como querías, pero que en cambio, la vida te dará lo que necesitas.

Con cariño, Mujereología.

Sígueme en Instagram:

Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

2 comentarios sobre “Derrumbarte para volver a construirte.

  1. Que hermoso en serio me sentí tan pero tan identificada, muchísimas felicidades por tu compromiso y gracias por esas letras que muchas sentimos pero que tú plasmas, es un proceso difícil pero cuando llegamos a este punto es maravilloso.
    Saludos y abrazos 🤗

  2. Excelente texto.
    Lo compartiré con mi hija.
    Los últimos años han sido difíciles para ella, precisamente por no realizar lo que tenía planeado está en una crisis de valoración.
    Gracias por compartir.

Deja un comentario