Crónica de un encuentro súbito.

—No empieces algo que no puedes controlar— susurraste, pero era algo tarde para impedir el mínimo roce, tu mano en mi cintura, tu respiración en mi cuello, tu fuerza que me acorraló entre tus latidos y la pared, era algo tarde para que el fuego no consumiera por completo el lugar. Las manecillas del reloj seguían su ritmo, el tiempo de espera se había agotado, tenía que matar mi propia curiosidad y no había modo de detenerme…

—¿Estás segura? — preguntaste agitado, tu respiración había perdido ritmo, —Lo que quieras hacer, hazlo — respondí deshaciéndome en tus pupilas que devoraban mi alma. En un instante el deseo se volvió incontrolable, y yo que siempre había entrenado a mi corazón para ser indomable, se durmió en las yemas de tus dedos y se tornó vulnerable. Me suplique en silencio que lo contuviera, que me detuviera, pero la razón no domina donde el corazón ya tomó la decisión de ceder. Ya no era una cuestión de inteligencia, tenerte de frente se había vuelto una total negligencia, asaltaste por completo la noche y yo, por mi parte, había perdido la habilidad de dominar aquella situación por completo. El frío se volvió calor, nunca había visto un día tan húmedo como ese, vi llover estrellas, y las sentí caer en todo mi cuerpo, del mismo modo en que me perdí en tus ojos obscuros, tan obscuros como la noche, tan obscuros como los pensamientos que coloca la tentación sobre ti.

En el silencio de la ciudad dibuje melodías, canté tu nombre, tal vez algunos escucharon, no dudo que hasta el cielo se haya enterado. No podía dejar de escuchar cómo decías mi nombre, y cómo te adueñabas de mi alma con cada suspiro, con cada respiro que soltaba; puede ser que nunca antes me haya sentido tan viva, era el fin para mi. Tus manos hacen magia, transforman una piedra en una piel blanda, y aunque no pareciera, me sentí humana; clavé mi mirada en la tuya, dos personas se hacen una, y era insólito ser tuya; piel con piel, ojo con ojo, labio con labio, latido tras latido, caricia tras caricia, yo me desvanecía. ¿Debería pedir perdón por esto? ¿Es la clase de cosas por las que uno se va al infierno? No habría porque cuando en ese enredo, él me llevó al cielo.

Mis sentidos cobraron vida mientras recorría las esquinas de mi cuerpo, mientras me envolvía en un huracán agitando la marea, destruyendo la orilla, elevándome sin poder pisar tierra firme, causando una catástrofe en mi mente. Mucha es la duda que siembra un acontecimiento inesperado, la inmensa confusión que se vive cuando la noche se vuelve día, y los amigos se vuelven amantes; si una chispa provoca fuego, y una explosión crea un universo, ¿Entonces qué somos nosotros? ¿La Luna y el Sol vislumbrados en el firmamento esperando este eclipse para encontrarnos?

Texto por: Arte Jiménez

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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