Uno de mis mayores miedos adolescentes me alcanzó: Subí de peso. Veo mi reflejo y lo único que quiero es voltear a la dirección opuesta. Después de años de no comer, hacerme pasar hambre, tomar mucha agua, estar obsesionada con el ejercicio y verme delgada, sucedió, y detenerlo era algo improbable. La buena noticia es que, el mayor miedo adolescente no es el mismo que el mayor miedo adulto, ahora que he recorrido un poco más el camino, se me ocurren un par de cosas más graves que ver mi cuerpo transformarse y tener que regalar ropa que ya no me queda. Se me ocurre, por ejemplo, el miedo a que la vida se me escape a tal velocidad que un día despierte con arrepentimiento porque no viví lo suficientemente feliz, en paz, sin haber sanado.
Muchas veces me he cuestionado si el hecho de decir cosas como que no me gusta mi cuerpo y que si pudiera, lo cambiaría, me hace menos feminista, menos aliada de la lucha antipatriarcal que cuestiona la belleza hegemónica y los estándares establecidos, que son racistas también. Pero debo admitirlo: No me gusta mi cuerpo y si pudiera, lo cambiaría; me encantaría tener un vientre plano, caderas anchas, piernas largas, una cara sin tanto cachete, y me encantaría tener todo eso más ahora que mi cuerpo cambió y nadie apremia mis dimensiones. Esa es la parte cruda y honesta. ¿Y entonces cómo le hago para sobrevivir esta relación que a veces siento que me consume toda mi energía?
Creo que antes me hubiera dado vergüenza admitir esta dualidad, la que habla de –respetar– su cuerpo, pero a la vez lo ve y lo desaprueba, pero tengo la teoría de que el amor propio no es más que una expectativa que, como toda otra expectativa, no vamos a alcanzar en su totalidad y aceptar eso podría ayudarnos incluso más que el esfuerzo incesable de tener una relación amorosa y perfecta con nosotras. No es necesario amarnos todos los días, no es vital tener que amar nuestro cuerpo, lo que es mucho más urgente atender, es a la pregunta, –¿De dónde viene esto?–. No podemos llegar a respetarnos de manera apropiada si antes no hacemos el trabajo de entender los motivos y el origen de nuestro odio hacia nuestro cuerpo o hacia nuestra persona. Si conocemos lo suficientemente bien lo que afecta el cómo nos vemos y sentimos, establecer límites será más sencillo y por lo tanto, tener una relación sana será posible.
Es importante entender que lo sano no siempre va a verse de la manera en la que esperamos. En mi caso, por ejemplo, he aprendido a dejar de castigarme con la comida, también he aprendido a saborear, a permitirme el antojo, en mi cabeza he trabajado por deshacerme de la idea de lo que es la comida buena o mala para verla sólo como comida, como una fuente de energía. Sí, he subido de peso, pero también me he encargado de comenzar a disfrutar algo que nunca antes me había permitido: Comer de manera intuitiva, aprendiendo a confiar en lo que el cuerpo pide, ¡y les juro que el cuerpo sabe bien cuando comer pescado, verduras, frutas, y cuando quiere unos tacos o un hot dog! No sólo la comida, eso aplica de la misma forma para el descanso, el ejercicio, la incomodidad en ciertos entornos. La diferencia entre tener kilos encima a tener kilos menos encima, es que una de ellas es más feliz.
La felicidad no se construye de puros momentos bonitos y alegres, también de muchos en donde la honestidad es vital para poder mejorar. Así como aprendemos a escuchar nuestro cuerpo, es necesario que participemos en mesas redondas en donde seamos honestas con nosotras mismas y digamos cosas como: «Tienes que mejorar este aspecto de tu vida, debes cumplir las promesas que te haces, no puedes aplazar esta decisión, es por tu bien», debemos asumir que parte del bienestar es hacer cosas que nos incomodan, nos duelen o que de inicio, no nos encantan. Yo sé muy bien que me he fallado a mí misma cuando no sostengo una promesa que me hice o cuando accedo a algo que realmente no quiero; tener hábitos que me sean de ayuda y me mantengan sana, emocional, personal, físicamente, es algo que no siempre he hecho. Creo que reconocer nuestra responsabilidad en las cosas que suceden nos ayuda a poner el contrapeso en la balanza; no hay equilibrio si no aprendemos a gozar, pero tampoco si no aprendemos a tener límites sanos con nosotras mismas.
Dormir a buena hora, dejar de estar tanto tiempo en el celular, leer más, caminar, hacer pilates, llamar a seres queridos, tener tiempo de calidad con ellos, salir puntualmente de mi trabajo, bañarme, peinarme, lavarme los dientes, vestirme, tender la cama, recoger la cocina, hacer comida para la semana, agradecer, bailar, escuchar música nueva; por hábitos sanos no sólo me refiero a cuestiones que tienen que ver directamente con el cuerpo, sino con el cuidado integral de nuestra salud. Puede que no me guste la forma de mi cuerpo, que muchas veces me sienta insegura al respecto, pero crear buenos hábitos ha sido una gran herramienta para poder volver a conectar conmigo, darme ese respeto que sé que merezco, porque independientemente de mi honestidad y decir que no me gusta lo que veo en el reflejo, también siento respeto por quien soy hoy. He sobrevivido a cosas que jamás habría imaginado, he podido enfrentar algunos de los miedos que tengo, me he dado el espacio para experimentar la felicidad de que no me importen las opiniones de las personas.
Pastilla difícil de tragar: Subí de peso, he dejado de usar ropa por miedo a cómo puedo verme; he tenido ataques de ansiedad probándome ropa; he notado como los elogios de la gente disminuyeron cuando antes era algo habitual; he huido de mi reflejo en ventanas porque considero que no me va a gustar lo que puedo llegar a ver. Pastilla todavía más difícil de tragar: Algún día voy a morirme, algún día este cuerpo va a volverse polvo o alimento para gusanos, y es esa misma insignificancia la que me hace despertar y decidir tener el cuidado conmigo misma, porque siendo sincera, aunque en ocasiones no le veo sentido a nada, disfruto mucho esta vida, así que, ¿por qué no tener los cuidados que puedo ahora mientras aprendo a disfrutar?
Lo sé, es mucho trabajo aprender a andar en una cuerda que se siente floja todo el tiempo y no caer; sé lo que es querer todo y sentir que nada de lo que haces es suficiente. Déjame darte el último consejo: El respeto que te debes debe salirse de la narrativa del trabajo que debemos hacer, no es ningún trabajo, es una decisión activa, consciente, constante, cambiante, a veces sencilla, a veces arrastra consigo lo que solías ser o pensar, lo más importante es que hagas las paces con que eres una persona improvisando los pasos que da y por ende, nada será perfecto, nunca, nunca. Y no tiene porque serlo.
Mentiría si dijera que no extraño verme al espejo y gustarme o que no extraño que la gente me diga que me veo bien; sólo yo conozco mi propio infierno y lo que ha sido poder sanar mi relación con la comida, con el ejercicio, con mi entorno. Sí, extraño aquello, pero también sé que he dejado de quedarme sentada esperando a que algo suceda, he tomado mis propias decisiones para dejar de extrañar y empezar a ver hacia el verdadero problema. No es que odie mi cuerpo, es que me enseñaron que ser delgada era la única forma de verse bien; no es que me vea mal ahora, es que he estado sobreviviendo y sí, mi cuerpo es importante, pero hasta ahora me siento orgullosa de haber dejado atrás patrones que eran más dañinos como matarme de hambre por horas, tener crisis cada dos días y llorar hasta quedarme dormida por lo mucho que me odiaba. Lo sé, no soy una modelo, no pretendo serlo, pero estoy bien en donde estoy, porque así como sé que me obsesioné con el ejercicio, sé que la depresión me llevó al otro extremo, otro que no me permitía moverme, y reconocer todo esto es gracias a que no he dejado de observarme y conocerme.
Desde aquí, desde donde estoy, no hay obsesiones, no me gusta hablarme mal ni criticarme ni hacerme menos. Me gusta comer bien, moverme porque lo disfruto y me hace sentir bien, me gusta no estar en ningún extremo. Es loco porque, para poder llegar aquí, tuvieron que pasar 29 años y recuerdo que muchas veces, cuando estaba chica y estaba hermosa, me reprochaba por lo ser suficientemente bonita o delgada, ¡y qué desperdicio! Pasé años y años odiándome. No quiero repetirlo, ya estoy cansada.
Pastilla difícil de tragar: El amor propio no sirve si sólo pretendes que sea el amor lo que te salve, debe existir el compromiso, el deseo, el respeto. Necesitas ver tu relación contigo misma con los mismos ojos que ves las relaciones amistosas, románticas, fraternales… Debes darte momentos a solas para dialogar y preguntarte cómo estás, qué necesitas, decirte que puedes hacer mejor las cosas, felicitarte por hacer mejor las cosas, perdonarte por lo que no ha sido, tomar cartas en los asuntos que no te parecen, dejar la crueldad a un lado, dar espacio a la suave y necesaria honestidad. Y honestamente, todo lo amargo ha valido la pena, porque ahora sé perfectamente bien lo que me hace bien, lo que no, lo que puedo cambiar, lo que no es necesario cambiar. No es perfecto, hay días buenos y malos, pero cada vez son más los buenos, y eso es mucho decir cuando hace unos meses pensé que no iba a poder con el peso del dolor de mi existencia.
Nada sucede con el chasquido de los dedos, recuerda eso. No va a ser rápido ni va a verse o sentirse bien de primera instancia, no por eso dejes de intentarlo.
Deja un comentario