–Presentas una pérdida considerable en el oído derecho, es un grado severo, la hipoacusia súbita no tiene una causa en particular, pueden ser muchos factores–, exclama el Dr. con una naturalidad abrumadora; ¿será que perder la capacidad auditiva no deba ser la gran cosa y mi ataque de ansiedad en desarrollo mientras su explicación busca darme claridad, no es más que una exageración?– me pregunto a mí misma intentando disuadirme del caos y la alteración que en combinación, han empezado una revolución en mi interior. Sé muy bien que no, ¡¿A quién carajos le resulta agradable un pitido o zumbido constante y escuchar con el filtro de grabadora retro?! Apenas salgo del consultorio, corro al sanitario, trato de hacer la respiración en 4 tiempos, pero llorar para este punto ya no es una opción, es la única opción.
Buscando información sobre este padecimiento del cual jamás había escuchado, me encuentro con un vídeo de un conferencista que le pregunta a uno de los asistentes hace cuanto tiempo recibió el diagnóstico de hipoacusia súbita, él responde que hace un par de años, el conferencista le pregunta si cerca de esa fecha o poco antes había experimentado la pérdida de alguien, el asistente responde que sí. El conferencista le dice que aquello que le ha ocurrido en el oído es porque de pronto dejó de escuchar esa voz y su oído está buscando, no sólo esa voz, sino que le digan palabras que quedaron pendientes. El usuario del vídeo dice algo como «Biodescodificación», término cuyo significado, según Google es:
Una propuesta de la medicina alternativa que intenta encontrar el origen metafísico de las enfermedades, o su significado emocional, para buscar a partir de allí la forma de sanar.
topdoctors.com.co
Me quedo pensando en que yo no tuve una pérdida, yo tuve dos en 9 meses, ¿y qué hice? Hacer de todo para evitar volver a tener un cuadro depresivo en donde tomar pastillas fuera parte de mi rutina. Sentirme mejor no era una mentira, pero tal vez era una pequeña parte de lo que realmente pasaba en mi interior. –¿Será que yo también me quedé esperando algunas palabras?–, no hace falta pensarlo demasiado, sé muy bien que sí, y sé muy bien qué me hubiera gustado escuchar de mi papá, y qué me hubiera gustado escuchar de mi abuelo.
He visto que la gente se burla de quienes dicen que las emociones están relacionadas con nuestra salud, en mi caso no voy a ahondar en este tema porque no soy experta ni tengo el conocimiento necesario, pero aún así no puedo evitar quedarme pensando… Nuestro espíritu es indomable, no importa cuántas veces nuestra mente busque protegernos bloqueando recuerdos, el alma tiene los propios y a veces, en ese encierro en donde está entre huesos y órganos se suelta a gritar y llorar. Sin ánimos de demeritar a la medicina, la cual en este momento está sanando mi oído, encuentro una conexión con mi cuerpo que va más allá de lo físico, lo lógico, lo tangible.
Mi cuerpo me ha pedido hacer caso, escuchar incluso aquellas cosas que me asustan porque provienen de un lugar oscuro. Aquí van…
Me inunda una nostalgia inmensa. Pienso en mi yo de cinco años, –Así es, estás más cerca de ser un talento desperdiciado, a una joven promesa; una de tus personas favoritas ya no vive y tu papá y tú nunca pudieron terminar de resolver sus acertijos –, me repito mientras observo al aire moldear formas con las nubes, –Sinceramente, te extraño, extraño aquella ingenuidad detrás de una vida sin preocupaciones ni averiguaciones dolorosas; extraño la fe ciega que te tenías, la seguridad en que lograríamos, no sé, lo que fuera; me encantaría tenerte aquí, entera, tan invencible como alguna vez te sentí, tan fuerte y entera. Hecho de menos que llevaras contigo una chispa, un «algo», que no sabría definir pero que definitivamente me hacía sentir que todo era posible y tenía algo más grande entre las palmas de mis manos; extraño no saber el costo de crecer y tener que extrañar, justamente, aquello que no tiene reparación, porque sí, el costo de crecer no es una inversión, es una resta al capital emocional, y aquello es peligroso porque corres el riesgo de quedar en bancarrota de manera rápida–.
De aquel rincón oscuro que me hace voltear a cualquier otro lado, se revela la gran verdad de la cual huyo constantemente sin darme cuenta: Una parte de mí murió en estos dos años, una parte de mí no sobrevivió, y ahora que todo está dicho y hecho, hay una versión de mí pataleando, queriendo nacer de mis entrañas, del mismo nervio del oído interno que se paralizó de pronto, de un endometrio engrosado, de un corazón totalmente hecho pedazos, de un cuerpo cansado, de un espíritu que por primera vez en su vida, pasó de ser indomable, a ser quebrantable. Me da miedo porque no la conozco muy bien, ella sabe demasiado de causar dolor, decepción, de sentirse rezagada, olvidada, insignificante, pero no tiene mucha idea de lo que solía ser antes de este viaje, es decir, no conoció la luz que antes alumbraba su llano ser, ni tampoco la ingenuidad que la hacía sentirse tan liviana con cada paso que daba.
Ver nacer a una versión de ti completamente desconocida es una de las experiencias más bizarras porque sabes lo que existió, pero desear que vuelva aquello, sería negar el aprendizaje que ha dejado el paso del dolor. Debo confesar que no suelo creer que las cosas pasan por algo, a veces creo firmemente en que es sólo la vida siendo la vida –por no decir que es una verdadera perra que te muerde la cara cuando apenas has podido tomar una bocanada de aire en meses–. Mi abuelo tenía que morir en algún momento, ¿cierto? Es el ciclo de la vida, la vida siendo… la vida, pero tampoco voy a negar que aunque esto es lo normal y que no creo que la razón por la cual esto tuviera que pasar fuera que había una lección que aprender, aquí estoy…
Aprendiendo que el dolor te cambia para siempre, porque sí, no tengo idea de quien era hace un año; soy la persona que me resulta más extraña; no podría reconocerme de no saber que habitamos el mismo cuerpo. Nunca volveré a ser la misma y eso a veces duele porque implica recordar lo que tuve que vivir para perder de vista mi propio reflejo. Me di sepultura, me estoy dando un renacimiento. Y tal vez, sólo tal vez, por primera vez en mucho tiempo, sienta que nada está perdido y que yo puedo volver a empezar. A lo mejor no todo pasa por algo, pero algo me pasó y todo puede ser mejor si tan sólo le doy la oportunidad al dolor de verme a los ojos, de sentarse en la sala, de comer conmigo, de darse una ducha y dejo de escapar de las ruinas que quedaron de aquella vida sin asientos vacíos, con todas las llamadas para mi cumpleaños, con todas las risas de una niña que lleva consigo historias y heridas.
Mi espíritu indomable grita del otro lado de mi piel: –¡Voy a renacer, voy a hacerlo! –, caigo en cuenta que quien está por nacer de entre la penumbra y la esperanza, sigo siendo yo, la misma que sintió los días cálidos sin adversidades, la misma que ahora experimenta el frío de las ausencias irremediables; en ella caben ambos mundos y sus respectivos fundamentos. No todo pasa por algo, pero, en caso de que todo esto me hubiera pasado por algo, me gusta creer en la idea de que, no soy quien era porque para poder navegar mejor el porvenir, necesito la piel gruesa que he desarrollado después de este dolor abrupto, y a lo mejor, después de todo, es justamente lo que necesitaba.
No obstante, me extraño, y si me es posible, voy a rescatar algo de lo que me hacía levantarme de la cama creyendo que había algo que yo podía ofrecerle al mundo, y que el mundo, con todo y sus altibajos, todavía tiene algo lindo que ofrecerme.
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