es 29 de enero y mi año apenas va comenzando.

«El dolor no me está haciendo más fuerte, simplemente estoy aprendiendo que entre él y yo no hay una enemistad, hay un misterio que simplemente jamás será revelado y no me interesa saber más.»

El lunes 8 de enero yo regresaría de vacaciones, me pondría a trabajar y a hacer todo lo posible para que lo que coloqué cuidadosamente en mi vision board, se cumpliera. Tendría una rutina con ejercicio, comida saludable, hidratación, tiempo de sobra para escribir, leer y trabajar en mí. Para estas alturas del año, al menos ya habría desarrollado el hábito del ejercicio regular y la constancia para colocarme en el mapa como creadora de contenido una vez más. Pero no, las facturas sin cobrar de la vida no habían parado de llegar, y a esta altura del partido me pregunto, – ¿Realmente algún día se detienen?–, porque el 7 de enero a las 11:12 p.m mi abuelo dejó de respirar a pesar de que aire había de sobra y yo apenas 6 meses antes, había perdido a mi papá.

Ya es 29 de enero y no he tenido un sólo día igual al anterior; no he logrado mantenerme fiel a la rutina que con tanto cuidado diseñé para poder estar bien conmigo misma; no he tenido la oportunidad de sentirme normal, que puedo vivir sin estar sobreviviendo; no he podido poner en orden mis pensamientos ni las emociones que sin advertencia me hacen explotar. Mi vida se siente una pista de carreras y ni siquiera sé quien me persigue ni contra quien voy.

Entonces, escucho un Tik Tok con un sonido motivacional de fondo hablando de cómo la disciplina es amor propio, de como hay que trabajar duro para lograr los objetivos, y yo, que aún no logro comprender el orden ni la estrategia de la vida para elegir a quien golpear, me rio. Pensamos que el dolor es un escalón en el cual ponemos un pie y luego el otro y avanzamos ante la adversidad, a pesar de la manera en la que nos quebramos desde dentro, cuando el dolor es un elefante blanco tan grande que es imposible de ignorar; es inaudito creer que esos eventos que nos llevaron a colapsar son justamente lo que nos llevó a convertirnos en personas admirables.

El dolor es una mierda. El dolor no es una historia de superación personal. El dolor es la razón por la cual la frase «todo pasa por algo», debería quedar prohibida. Buscamos de manera casi desesperada una razón por la cual nos suceden tantas cosas, pero la respuesta es puntual: El dolor es el costo que pagamos por vivir. Queremos sentirnos heroínas en un cuento en el que nunca nadie gana, tratamos de colgarnos medallas en el cuello: «yo sobreviví esto, yo pude superar esto, yo pude sola, yo logré abandonar la adversidad», y no nos damos cuenta que, las adversidad nunca nos abandona. Hay una constante en la vida: Bajamos y subimos a su ritmo, nunca dentro de las posibilidades de nuestros pies; nadie dicta el ritmo de su destino.

No pretendo seguir con la intención de disfrazar al dolor como el motor que me llevó a perseguir la vida que yo sé que merezco, tengo las intenciones de observarlo como a una persona, quiero entenderlo, conocerlo, saber qué hay en sus profundidades para saber cómo escapar de sus brazos, quiero conocer sus trucos y los consejos que da a quienes se encuentran con su presencia. No quiero continuar haciendo sonar linda la expresión de «pero ya ves, logré superarlo», porque a ciencia cierta, sé que hay heridas que jamás terminan de cerrar y que en cada cumpleaños o festividad van a sangrar más que en cualquier otra fecha y que si de pronto la apatía me gana, no voy a golpearme en el pecho y decir «soy fuerte, yo puedo con todo», porque ni soy tan fuerte ni puedo con todo.

El dolor no es un escalón, es un personaje en mi vida, me acompaña, me lleva a navegar entre suspiros, recuerdos, sollozos; me hace sentirme tan diminuta que de pronto suelto risas porque sé que nada es tan serio ni para siempre; la ironía es que justamente eso es aquello que me hace volver a llorar y cuestionarme si podría elegir no repetir la cruel experiencia de vivir, cuando a la vez es tan embriagante y me gustaría pagar una y otra vez el costo de sentir que mi piel, tan frágil y delgada, puede rozar con la dureza del mundo sin romperse.

He estado pensando que todas las personas ya éramos admirables antes de aquello que nos llevó a rompernos y enfrentarnos por primera vez al vacío de un pecho en donde no cabe nada más que el amor que se fue con quienes no están más. No es el dolor lo que nos define, no son estas historias tristes y lamentables las que nos llevan a explotar nuestro potencial, somos nosotras, la forzosa realidad de sentarnos a tener conversaciones con el dolor y no huir de él, sino recibirlo en la puerta de nuestra casa porque sólo así sabremos reconocerlo en el futuro, al menos aprenderemos a tratar con él y a darle tiempo.

El dolor no tiene porque quedarse, pero tampoco tiene porque irse antes de tiempo. Hay que dejarlo ser. La única manera de ver un nuevo amanecer, es justamente, atravesado la noche, la madrugada fría y solitaria. Está bien si aún andas entre las sombras de la noche, ahí nada se distingue; no pasa absolutamente nada si tu reloj avanza más lento y algunas otras personas disfrutan el Sol, mientras tu reloj aún marca las 11:12 p.m; recuerda que el dolor te acompaña y serás tú quien decida invitarle a tomar un descanso hasta que deba aparecerse por las inevitables razones que tiene la vida.

No tenemos porque convertir al dolor en la razón por la cual brillamos, porque lo cierto es que es desagradable, insoportable y es mejor cuando no está. Tal vez deberíamos darnos un poco más de mérito porque no importa si es con Sol o con Luna, hay una fuerza incesante en nuestro interior que nos hace seguir el viaje, aunque el oleaje parezca estar cerca de volcar nuestro barco. No tenemos porque vivir algo traumático para descubrir que siempre ha existido algo especial en nosotras y que nacimos con una resiliencia que se va revelando poco a poco, a su debido tiempo. Lo peor que me pasó no es de ninguna forma lo mejor que me pasó. Lo peor que me pasó es simplemente eso, lo peor, y aunque me encantaría creer en un discurso motivacional y decirte que esto te hará más fuerte, no es así, hay cosas que nunca dejan de doler y no tienen porque dejar de hacerlo.

Lo mejor que te puede pasar es darte cuenta que, aunque te quemes por dentro, nada termina de destruirte. Así que, sí, es 29 de enero y mi año apenas va comenzando, el dolor no me está haciendo más fuerte, simplemente estoy aprendiendo que entre él y yo no hay una enemistad, hay un misterio que simplemente jamás será revelado y no me interesa saber más; si hay un reino más allá de las nubes grises o si hay un infierno; si existen los viajes en el tiempo o hay universos paralelos; lo único que tengo es lo que está enfrente de mí y es lo único que necesito.

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