es Año nuevo, pero sigo siendo la misma.

Sigo siendo la misma sentimental, la que piensa y siente demasiado, la que sabe que nada se supera, sino que se deja cuidadosamente colocado en un rincón del corazón que corresponde a las personas que no necesitaron hacernos una promesa para quedarse para siempre, porque se quedan justo ahí, en donde las ausencias físicas existen,…

Llevaba ya un par de meses creando la visión de mi propio funeral. Había preparado una serie de rituales para poder matar a esa versión de mí que había sido desde 2022; una mujer hundida en lodo tratando de abrazar el árbol más cercano para no ahogarse; a veces egoísta, a veces esplendorosa, sin equilibrio alguno; una mujer que se odiaba más a sí misma de lo que hubiera podido llegar a admirarse. Estaba lista para ver nacer a otra yo, una con piel más gruesa, una visión mejorada y un cuerpo renovado, pero resulta ser que una cuenta regresiva hacia las doce un treinta y uno de diciembre realmente no hace nada. Sigo siendo la misma y aunque años anteriores esto me hubiera frustrado, hoy despierto con la buena noticia de que si bien, no he librado todas mis batallas de la mejor forma, tengo bajo mi posesión un poco de sabiduría acumulada por los daños.

Celebrar un año nuevo es como celebrar un respiro después de permanecer debajo del agua el tiempo suficiente como para creer que no volverías a ver la superficie; de cierto modo transmite alivio de que todo se pueda reiniciar, incluso tú; hay algo de satisfactorio en que el calendario vuelva a contar desde 1. Nos sentamos a reflexionar sobre el paso del tiempo que cada vez es más rápido, sobre todo después del 2020, y hacemos un recuento de las vivencias, o que nos arrancaron el aliento, o nos inundaron el alma de lágrimas; los días que volveríamos a repetir y aquellos que jamás desearíamos volver a atravesar; pensamos en las personas que nos sostuvieron, las que nos soltaron y las que su presencia más que física, se quedó tatuada en el hipotálamo. Recogemos los pedazos y nos planteamos una nueva visión, una en la que exista espacio para lograr, sanar, mejorar, respirar.

No obstante, es año nuevo y yo sigo siendo la misma. Sigo llevando conmigo el mismo dolor que juré que podría enterrar el año pasado. Mi cabeza tiene un archivero lleno de los acertijos que no he podido resolver. Mi cuerpo aún siente el rezago de las tristezas y las palabras no dichas. Qué dicha tan grande sería tener un interruptor y entonces, con la misma sintonía del reloj, reiniciarnos la vida; desechar los pedazos con la misma facilidad que con la que tiramos la basura. Es año nuevo y siento tanta dicha y a la vez una nostalgia inexplicable porque aquello que se fue el 2023, ya no está en este nuevo conteo, en estos nuevos cumpleaños, viajes, planes, risas, lágrimas. Siento alegría de haber sobrevivido y a la vez un poco de melancolía por el paso del tiempo que empieza a ser evidente en mi cuerpo. Siento energía para seguir recorriendo el camino y a la vez existe una especie de temor por todo aquello que pudiera perderse entre la maleza.

Sigo siendo la misma sentimental, la que piensa y siente demasiado, la que sabe que nada se supera, sino que se deja cuidadosamente colocado en un rincón del corazón que corresponde a las personas que no necesitaron hacernos una promesa para quedarse para siempre, porque se quedan justo ahí, en donde las ausencias físicas existen, pero las emocionales nunca. Sigo siendo la que no logra absolutamente todo lo que se propone y la que rompe las promesas que ella misma se hace. Sigo siendo la que provoca heridas sin tener la cura ni el poder de revertir el tiempo. No he dejado atrás ninguna de mis características singulares después de la última campanada a las 12:00 a.m del primero de enero, sólo noto como algunas comienzan a disiparse, tal cual como lo hace la neblina; sigo siendo agua, sigue existiendo en mí todo aquello, pero también siento nacer una parte de mí distinta; una que ya no lleva consigo el paso del tiempo con pesar, sino con satisfacción.

Había estado planeando mi propio funeral sin darme cuenta que, más bien, se trataba de celebrarme. No necesitaba sepultar el pasado, sino más bien, dejarlo diluirse con el agua de mis lágrimas, era necesario que lo dejara permanecer en mis venas hasta que eventualmente mi cuerpo lo expulsara. Pensé que tenía darle muerte a quien había sido los últimos dos años, pero en realidad tenía que celebrarme porque los días malos, muy malos, pasaron; el dolor que me aquejaba ya no me mantiene inmóvil; sólo yo sé las guerrillas que existieron en mi cabeza, en mi cuerpo, en mi corazón, y que para fortuna mía he logrado vencer, no siempre victoriosa, pero sí con más experiencia. Estoy sintiendo una versión de mí patalear, está por nacer y ver la luz del día, no sé qué suceda pero sí de algo estoy segura es que no sería quien soy hoy, sin la maravillosa mujer que fui antes, esa que llegué a odiar y yo olvidé que había estado luchando cada día. Ella me trajo hasta aquí y le agradezco.

¿Quién lo diría? El Año Nuevo no necesariamente es un comienzo desde cero, sino desde nuestros pies, los cuales nos hemos encargado de fortalecer día con día, mes tras mes, año con año, porque a final de cuentas, no existimos sin el pasado, y el pasado no nos hechiza cuando reconocemos el valor del presente.

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