#SegurasNoValientes: Mi cuerpo quemado es, y siempre será mi hogar, con Graciela de Burn This Way.

Tenía tan solo 10 años, cursaba 5to grado de primaria y era 9 de mayo. Nos preparábamos en la escuela para celebrar al día siguiente el gran festival por el día de las madres; vestiríamos un enorme sombrero de cartón que cubriría absolutamente todo nuestro cuerpo y honestamente, yo no quería participar en ese festival, y tampoco me agradaba el vestuario; así que ese día a unos minutos de salir de clases y justo cuando la profesora nos preguntó si estábamos listos para el festival, dije para mí misma que ojalá enfermáramos todos para no tener que asistir al día siguiente… no deseaba enfermarme realmente; sólo no quería participar pero los pensamientos y la ingenuidad de una niña de 10 años crean un sentimiento de culpa que hasta hoy día, me sigue frustrando.


Ese día mis papás salieron a la Ciudad de México por un trabajo que surgió y necesitaban a ambos en él. Mi hermano mayor salió con ellos y otra de mis hermanas salió con su novio de entonces pues el día anterior fue su cumpleaños y se citaron para festejar. Me quedé en casa con Angy y Natalia, mis hermanas de 17 y 5 años entonces. 


Jamás habíamos tenido un inconveniente en el que alguna de nosotras tuviera un incidente en casa. Siempre nos supimos comportar porque mis papás siempre nos advirtieron los peligros que ocurren aún estando en casa. Sin embargo, pasó… Nosotros solíamos hervir agua y mezclarla con agua fría en una tina para bañarnos, ese día Natalia y yo nos bañaríamos juntas. Estando ya en el baño, comenzamos a jugar y a reír mientras Angy traía el agua hirviendo. La tina ya estaba preparada con lo demás, sólo había que esperar. Teníamos un tiempo estimado para saber que el agua vendría pronto. Pero como estábamos jugando, no medimos el tiempo y creí que Angy ya se tardaba en llegar, así que le dije a Naty que saldría a asegurarme. Salí corriendo del baño y al cruzar a la cocina que se encuentra dividida por una gran cortina entre la sala y el patio, me topé al mismo tiempo con Angy, ella ya venía en camino y yo por salir corriendo, choqué con ella. Del impacto Angy soltó un poco más de la mitad de la cacerola con agua hirviendo, la cuál cayó sobre mi cuello, hombros, pecho, estómago y vientre.

Comencé a correr por toda la casa gritando que me estaba quemando y que me ayudaran pero no podía parar de correr. El vapor del agua que salía de mí parecía humo y el terror que tenía me hacía ver qué era fuego. Cuando Angy me detuvo, me quitó toda la ropa, parecía que todo estaba bien, mi piel se veía sólo blanca y húmeda, así que ambas tocamos una parte para asegurarnos que estaba bien y en ese momento, al hacer una ligera presión con el dedo sobre mi estómago, la piel se cayó. Volví a gritar y a llorar. Angy estaba muy asustada y llamó a mi tío que es médico, me colocó una toalla húmeda encima y me acostó a esperar a que llegue mi tío. Naty estuvo encerrada en el baño, sólo vio cuando comencé a correr y a gritar porque Angy cerró la puerta del baño para que Naty no se asustara como nosotras.


Cuando llegó mi tío, me inyectó y dejé de sentir dolor, me llevaron al hospital y justo cuando iba saliendo de casa, mi hermana Alma quien había salido con su novio, llegó y se quedó con Naty. En el hospital comenzaron a hacerme la curación. Me preparó una enfermera, me separaron de Angy y tenía mucho sueño. En el quirófano, rodeada de un grupo como de 5 o 6 personas, trataban de hablar conmigo mientras me curaban para que no me quedara dormida. Mis ojos me pesaban y sólo quería cerrarlos. Veía cómo retiraban la piel de mí. Me limpiaron, me colocaron gasas y me dijeron que ya podía dormir.

Me sentí aliviada porque creí que eso era todo, que llegarían mis papás por nosotras y que Angy y yo les explicaríamos que fue un accidente y les pediría que no se enojaran con Angy porque ella estaba aterrada.  Yo creía que lo que me pasó no era grave. Pensaba que era una herida que sanaría en una semana como cuando caes y te raspas la rodilla. Pensaba que no dolería. Pero no sabía que me esperaba totalmente algo diferente.


Estuve como 5 días en el hospital recibiendo curaciones diarias las cuales dolían y ardían. Era como quemarme de nuevo, me ponían gasas diario y esas misma las retiraban al día siguiente, era un dolor terrible. No podía moverme, me dolía mucho. Cuando me dieron de alta, mi mamá fue quien me curaba diario. Me bañaba con delicadeza, volví a ser una bebé en el baño, usaba una esponja y sobre la herida aún al rojo vivo, me exprimía la esponja para que sintiera el agua caer. Después me colocaba una pomada que hacía calmar el dolor y acelerar la cicatrización. Pero mi herida primero hizo costra y la pomada no hizo efecto sobre ella, así que la retiraron porque la costra de hizo blanca y eso significaba posible infección. Dejé de usar pomadas y mi mamá me ponía cremas.

Posteriormente y poco a poco la costra fue cayendo y la cicatriz que hoy enseño era más grande, gruesa y rosa. Me gustaba decir que parecía un camarón pelado con catsup o que era un pingüino. Fui caminando hasta recuperar mi andar, sin embargo tardé cómo 4 años en caminar normal porque mis brazos los extendía y parecía robot, el torso lo mantenía tieso y no había movimiento de cintura, poco a poco me fui adaptando. La ropa que usaba era únicamente algodón, y aún así no toleraba que rosara la ropa sobre mis pechos, son los más sensibles. Usaba prendas holgadas y en su mayoría, pijamas o conjuntos de pants y suéter. Cuando me incorporé a la escuela no soportaba el uniforme. Me picaba, me acaloraba y tendía a encorvar mi postura. Me adapté al uniforme hasta mi último año de secundaria, ya podía tolerarlo. La ropa y las diferentes prendas, fue hasta finales de prepa que ya no me incomodaba usar mezclilla, textiles, etc. Aunque siempre me sentía cómoda en pants o mallón. Siempre cubriendo mi cicatriz para que nadie me viera y me preguntara por ella. Si no la veía yo, creía que no existía pero no se puede ocultar lo evidente. Quizás los demás no la ven, pero aún ocultando, sabía que estaba ahí, en mí. Para siempre acompañarme. 


El deseo de tener una piel como el resto, un busto atractivo y sensual se volvía mi tormento todas las noches y cada vez que me interesaba algún chico. ¿A quién le iba a gustar un cuerpo quemado? A mí no. No me gustaba. Nos hemos empeñado tanto en seguir al pie de la letra lo que la sociedad dicta qué es bello y terminamos odiando nuestros cuerpos por no cumplir los requisitos. Todos tenemos cuerpos diversos, nadie es perfecto pero los estereotipos de belleza determinan otra cosa: competir contra otras mujeres por sentirnos más atractivas una que la otra, ofendernos verbalmente agrediendo los cuerpos y bellezas de las demás y creer que somos consumo sexual, que sólo nuestro cuerpo pertenece para dar placer y debe ser de cierta talla y medida para darles gusto ¿A quiénes? Pues a los que fomentan la industria superficial.

Me harté de no encajar y me quité la venda de odio que yo misma me había colocado en mis ojos, la que evitaba que me mirara al espejo con amor, con orgullo por ser hermosa pese a lo que me haya sucedido. ¿Mi niña interior quería verme así? ¿Triste, enojada y con odio por no darle gusto a la sociedad? Decidí encararme frente al espejo y decirle a la que estaba en mi reflejo que no había nadie a quien darle gusto sobre mi cuerpo más que a mí misma. Yo debo quererme, yo debo aceptarme, yo debo amarme desde la salud para no enfermar con el odio. Yo debo piropearme, yo debo ser eso que quiero atraer. Y me la creí <3Mi cuerpo no es un limitante para ser y hacer lo que me apasione. Mi cuerpo es mi hogar y como a una planta que crece hermosa con amor, me digo cosas lindas, me motivo, me inspiro, me relajo y me encariño. Mi cicatriz ya no me limita a atreverme. Ya no me da miedo querer a otras personas, a entregarme. Ya no hay temor al rechazo.

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