#SegurasNoValientes: Viviendo con un trastorno de conducta alimentaria, con Siendo Lorena.

No recuerdo exactamente cuando fue la primera vez que me sentí mal por mi cuerpo, o el momento en el que decidí que no podía usar traje de baño porque me daba pena que me vieran las personas, pero lo que sí recuerdo, es que desde muy chica se me enseñó “cómo debía de verse una mujer”.

Todo el tiempo, a donde fuera, habían revistas con portadas que hablaban de la nueva dieta para perder 5 kilos en el menor tiempo posible, anuncios con modelos muy delgadas, las mujeres que salían en televisión lucían de un modo específico o hasta en mi propia casa, mi mamá y mis hermanas hablaban sobre maneras de mejorar su figura y se sometían a dietas. 

Cuando estaba por cumplir 15 años, mi mamá habló conmigo y me preguntó si prefería irme a un viaje de quinceañeras en vez de tener fiesta, y me encantó la idea. Iba a ser un viaje que organizaba una señora donde nos llevarían a Disney Florida y a un crucero. Por este motivo, decidí por primera vez hacer una dieta. Quería poder usar un bikini en la playa y sentirme bien conmigo misma. Lo que nunca me imaginé, es que sería el inicio de una guerra interna. 

Desde ese momento, mi relación con la comida no fue la misma. Al principio, claro que como en todas las dietas, logré bajar de peso y las personas a mi alrededor me decían que lucía increíble, pero entre más pasaba el tiempo, más trabajo me costaba mantener mi peso y los antojos y pensamientos sobre comida iban en aumento.

Recuerdo la primera vez que bajé a la cocina a escondidas. Era de noche y todos en mi casa estaban dormidos. Yo tenía muchísima hambre y comí todo lo que tuve frente a mi en un lapso de tiempo muy corto. Terminé con la panza inflamada y con mucha culpabilidad. Por lo que me prometí jamás volverlo a hacer y empezar a comer “bien” de nuevo, pero esto siguió repitiéndose durante más de 10 años.

En una ocasión mi papá me regaló una caja de chocolates y me escondí en el baño para comerme todos de una. Era como un rush de adrenalina, no podía razonar en esos momentos. Nada me importaba más que lo que estaba comiendo. En aquel entonces, no entendía lo que me pasaba y no sabía que estaba teniendo atracones. 

Después de unos meses, me acuerdo que estaba en clase y empezamos a ver el tema de los TCA (Trastornos de la Conducta Alimentaria) y cuando la maestra nos mencionó sus características, me di cuenta que yo tenía muchas. Me fue muy difícil reconocer que tenía un problema y más abrirme con alguien y pedir ayuda. En ese entonces tenía 17 años cuando hablé con mi mamá y empecé a ir con una terapeuta. Si te soy sincera, no hubo mucha mejoría porque seguía un poco en negación y pensaba que no estaba tan mal. Creía que había gente mucho peor que yo y que yo “decidía cuando parar”, lo cual es un error, eso nunca pasa. Los TCA no se pueden controlar, ellos te controlan a ti.

Conforme pasaron los meses, mi problema se intensificó porque no solo era bulimia, si no también tenía depresión, ansiedad y mi autoestima estaba por los suelos. Me sentía exhausta, todo el tiempo estaba en guerra conmigo misma. Hasta que me di cuenta que, gran parte de mis recaídas en la recuperación sucedían porque no me comprometía en mejorar y no era constante. Duraba 3 meses yendo a terapia con mi psicóloga y luego lo dejaba porque me sentía “bien”, empezaba a comer mejor pero después de un tiempo volvía a mis viejos hábitos. Por lo que decidí hacerlo y comprometerme de lleno en mi recuperación. 

Con el tiempo fui entendiendo que la comida no es mi enemiga, mi TCA lo era, y que es preferible pasar unos cuantos años luchando en tu proceso de recuperación pero lograrlo, a pasar toda una vida viviendo bajo las reglas de un TCA y no poder probar tu pastel de cumpleaños o salir a cenar con tus amigas porque te da ansiedad comer en un restaurante.

Este ha sido un proceso largo, con muchos altibajos pero muy gratificante. Me ha enseñado a valorar y apreciar mi cuerpo como nunca antes lo había hecho. Aún hay partes de él que me cuesta aceptar, pero ya no dejo que dicten mi vida y me limiten de vivirla al máximo. 

Me perdí de tantos momentos increíbles por la preocupación de mi apariencia, por no sentirme suficiente y por miedo a lo que fueran a pensar los demás de mi, que me di cuenta que estaba viviendo por las razones incorrectas. Empecé a soltar todo aquello que me había frenado antes y me enfoqué en hacer las paces conmigo, mi físico y la comida. 

Nuestros cuerpos son solo una parte de nosotras, no son nuestra persona completa. Muchas veces lo olvidamos y los hacemos nuestra tarjeta de presentación. Por lo que es importante recordar que nuestros cuerpos o el concepto de belleza, no nos definen. Somos mucho más que un físico para ser admirado. Primero estamos nosotras, luego lo demás.

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