Querido Coronavirus:

Primero que nada, quiero que sepas que a pesar de todo lo negativo que has traído contigo, estoy eternamente agradecida. No hay palabras para expresar lo que me has regalado en estos últimos días.

Ninguna vacación se compara con este maravilloso tiempo fuera. Las horas en casa parecen más largas, pero la calidad de ellas me ha dejado completamente asombrada.

Había olvidado, en el acelere del diario, que lo más sencillo es lo más preciado, que el dinero por el que tanto trabajamos y nos estresarnos, puede comprar autos lujosos, joyas únicas y ropa cara, pero jamás podrá comprar salud, amor, cariño, empatía, compasión, paciencia ni comprensión.

No recordaba que saltar como conejo o caminar como elefante pudiera resultar tan entretenido, ni que el simple piso pudiera transformarse en pistas de autos de carreras, salones de danza, arenas de gladiadores y hasta en carriles de nado.

Me di cuenta que daba por hecho la dulce sensación de ver a mis padres sentados en mi mesa y no a través de una pantalla, y sus besos y abrazos cuando se despedían de mí. Me has dado tiempo, para dejar de buscar afuera, lo que se encuentra muy adentro.

Para no mirar el pasto de enfrente y agradecer por el que tengo. Para dejar de planear el futuro y disfrutar el presente. Para hacer conciencia y entender que todos somos uno mismo, que la naturaleza merece respeto y que el bien común es el mejor camino. Que debemos cuidarnos siempre los unos a los otros.

Que una casa, por más pequeña que sea, es un hermoso hogar cuando así lo tratamos. Y que nuestros hijos, merecen tiempo, conexiones reales, oídos que los escuchen en lugar de oírlos, ojos que los miren en lugar de verlos, abrazos que los llenen en lugar de distanciarlos y padres que los amen en lugar de juzgarlos.

Con cariño y sinceridad, Andrea.

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