En la distancia descubrimos la unión.

Apenas van dos semanas de total confinamiento para mí, y resulta que en poco tiempo, he destapado verdades de mi ser, sumamente reveladoras, aunque si pienso mucho en ellas más de noche, me brotan las lágrimas como a la fuente de Trevi sus chorros de agua, y realmente, aunque hoy en día no tengo reuniones, ni juntas, ni compromisos, no quiero despertar con las ojeras que harían obvio mi insomnio, triste insomnio, además de la melancolía que le acompaña.

Honestamente, no tengo mucho que decir, me considero una persona sensible cuya capacidad de valorar, amar, y entender, no necesita de una pandemia para que me nazca de pronto ser más efusiva. Digo, siempre, lo mucho que amo o quiero a la gente. De repente tengo detalles tontos o diminutos para hacer sentir bien a la gente. Me gusta que la gente me busque para sentirse mejor, porque una vez que recurren a mis brazos, salen aliviadas. Eso, para mí, es felicidad pura. No cuento lo que doy, ni lo que recibo (a menos que un cliente me deba una considerable cantidad de dinero), simplemente descubrí felicidad en las pequeñas cosas.

Pero, ¡Qué diferente es cuando la rutina está ahí para ti y, te proporciona las herramientas necesarias para poder abrazar a tu abuelo! En cambio, en este encierro, me viene un ejercicio mental, el cual consiste en darlo todo por perdido… ¿Y si la vida tal cual le conozco dejara de ser así? Es decir, este bicho no permite despedidas, ni funerales, deja a las personas en aislamiento total, y para mí el pensar que ha habido gente que partió sin recibir un abrazo de quien más ama por última vez, me parte el alma.

De algún modo, surge con todo esto, la inminente reflexión de que no podemos comprar ciertas cosas, una de ellas, el destino; no hay manera de sobornarlo, y cambiar comas, puntos, para nuestra comodidad, o felicidad propia. El final siempre es el mismo, la muerte, sí, pero dentro de este sistema capitalista en donde incluso enfermarse es un lujo, huimos ante la posibilidad de ser testigos en carne propia de la desigualdad. Y aquí me detengo para decir algo: El dinero tampoco compra la humanidad, ni la humildad, tampoco la empatía. Como este hombre multimillonario llamado Hugo Salinas Price, quien dice que la gente debe seguir trabajando, a pesar de que esa clase trabajadora, lo enriqueció.

¿De qué sirve, después de todo, la riqueza en moneda, cuando la pobreza del alma y, del corazón te distinguen? De nada, absolutamente nada, solo para una cosa: Para enlistarte en aquella larga lista de personas que aún no entienden nada de la vida, porque aunque dan cátedra en economía, no podrían sentarse a hablar de negocios humanitarios.

Esta crisis ha limpiado los vidrios de las casas para dejar ver los verdaderos colores de la gente; quienes luchan, quienes arrebatan; quienes son responsables, quienes son egoístas; quienes están enfermos de poder, y quienes gobiernan protegiendo al más vulnerable.

En cuestiones más personales, me siento a contemplar el jardín, hay rosas, lavanda, y durazno; los pájaros no han perdido su canto, se posan en los árboles que con el viento susurran; mi familia, tan singular, pasa los días leyendo las noticias y encontrando algo con que distraerse, aunque para mí, la cerveza siempre es la respuesta. Pero aquí, en este rincón, encuentro todo lo que necesito: La felicidad es de fácil acceso, pero los últimos meses me la pasé navegando entre nubes espesas y negras. Ahora, veo con más claridad.

Veo que de nada sirve andar de prisa, al final, no atardece igual dos veces, no se ama igual dos veces, y no se vive igual dos veces. Por eso, llegué al entendido de que lejos de revolcarme con la ansiedad y, permitir que mi cabeza ande en espirales pensando en teorías conspiratorias sobre cómo nació este virus, veo, con mucha más madurez que la de que tenía el año pasado, que esto era una pausa necesaria, porque a veces todo se pone mal, antes de ponerse bueno. He decidido que este es el escenario.

Muchas personas vendrán a hablar sobre la ya inevitable recesión, ¿Y qué vamos a hacer? Trabajar, partirnos en gajos, pero a la vez, ayudándonos. ¿No es esta la ocasión ideal para comenzar de nuevo tomando en cuenta todo en lo que nos equivocamos antes? En no ser responsables socialmente, en creer que el humano lo puede todo, en dejar que el ego se infle, en permitir que gente mala tenga poder, en pensar que mañana es seguro y, que lo que decimos hoy no será lo último que digamos. Hay muchos errores que revocar, hay muchos errores que necesitan, sin duda, nuestra unión para que el resto de la historia cambie.

Esto, aunque nos debe mantener en nuestras casas hoy, después no puede petrificarnos, tiene que ayudarnos a pedalear más, y más rápido, pero ésta vez sin soltarnos, viendo a los costados no para competir, sino para ver que nadie se caiga. Si esto no nos ayuda a romper con el egoísmo, definitivamente la humanidad estará condenada por el resto de sus años a sufrir las consecuencias de ello. No podemos seguir pretendiendo que esta manera de consumo es sana, que los bienes materiales nos definen, y que el éxito solo lo obtienen aquellos que juegan al empresario, pero no a ser humano.

Esto, mi querida gente lectora, es un llamado, el mensaje está implícito y es más que obvio; solo algo superior a nosotros podría ponernos de rodillas y, mirar hacia adentro, quedarnos adentro, para ver cómo podemos mejorar lo que quedó pendiente afuera. A la vez, sería imposible no mencionar lo político, ¿Realmente tenemos lo que merecemos o, merecemos mucho más? En mi caso, creo que mi país merece no solo una mejor clase política, sino una mejor clase empresarial. Gente que realmente sea líder, y por ser líder me refiero a no dejar a la deriva a la gente, sin saber qué sucederá con sus derechos, sus sueldos, sus casas. Habrá mucho trabajo de confianza por hacer.

Y lo haremos, lo debemos hacer. Hay que asegurar que esto sea una lección que aprendamos de manera pareja, dejando a un lado los privilegios de clase, observando otros lugares, escuchando otras historias, y reconstruir desde la consideración, y la evidente hambre de equidad, e igualdad. Habrá que retomar las luchas que se paralizaron sin poder tomar las calles, habrá que convertirnos en los héroes, y heroínas que tanto hemos anhelado. Porque hoy, se requiere solo de que algunos y algunas se queden en casa sin mover nada, pero en unos meses tendremos que moverlo todo, y sin unión no hay fuerza.

Texto de Arte Jiménez

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