En el mundo al revés, no soy una zorra, soy una campeona.

Cerré mis ojos y, el sueño me alcanzó. Me sentía superior, intocable, toda poderosa. Caminaba sin temor, con las piernas bien abiertas, y nadie me gritaba: «Qué buena estás, hermosa.»

Jugaba al fútbol, usaba ropa holgada, y todo mundo me llamaba Toreta, por correr el auto dando hasta volteretas. No cuestionaban mi inteligencia, ni mis capacidades, estaba en la oficina central, y a nadie le importaba si ya cocinaba.

Iba a la escuela sin tener que verle la cara a mi profesor, el acosador. No tenía que cambiarme de escuela, yo estaba en control. Podía usar pants, y como en Irlanda, si alguien quería usar falda, no importaba que fueran los chicos.

Tomaba el taxi, llegaba a tiempo, sana y salva; podía bailar sin terminar drogada en el baño, violada. Y en realidad nadie cuestionaba cómo iba vestida, yo me sentía libre, feliz, cantaba, bailaba, cómo cualquier ser humano anhela hacer.

Mis amigos entendían que no era no, porque desde el kinder habían aprendido lo que es el consentimiento. En las iglesias los niños cantaban, y no huían de pedófilos, crecían hablando de sus emociones, crecían contentos.

Nadie me tomaba fotografías en el metro sin mi permiso; mi cara no terminaba en una página pornográfica; nadie intentaba meterme la mano entre el bullicio; nadie filtraba mis fotos íntimas haciéndome sentir indefensa, diminuta.

No tenía que ser buena lavando ni planchando; podía ser el sostén de una familia completa sin que la gente cuestionara si era buena madre. No tenía que ver cómo un hombre recibía una medalla a mejor padre del año, por hacer lo mismo que yo hago, y hasta sangrando.

Podía decir que amaba el sexo sin que la gente me satanizara, o pensaran que era una invitación a que me desnudaran con la mirada; podía hacer y deshacer, porque en el mundo al revés, no soy una zorra, soy una campeona.

No tenía que soportar que un empleado de Renault me callara, porque bastaría mi molestia para ser escuchada por sobre la voz de dos hombres. No tenía que salir a hacer ejercicio pensando en gas pimienta o navajas, y tampoco tenía que desbloquear recuerdos malos de cuando era niña.

Si me enojaba, no era una perra hormonal, necesitada de un galán. Si lloraba, no era débil, no era caprichosa, era escuchada. Si quería ser presidente, era posible; si quería construir puentes, carreteras, y ser árbitro, nadie agitaba su cabeza con desaprobación.

Si envejecía, me sentía radiante, era feliz con mis años de sabiduría, y eso lo sabían las arrugas. No era un producto de consumo, ni de entretenimiento; me reconocían por saber dirigir imperios, pintar murales, escribir libros, y crear revoluciones.

No veía revistas poniendo a las mujeres como carne en mostrador, veía a niñas, estudiantes, levantando la voz; heroínas que no necesitaban capas, ni trajes, ni super poderes, con su verdad y entereza era suficiente para creer que, sabían más de hacer política que, un tirano.

Podía dormir tranquila en la misma cama que mi esposo, no sentía pavor cuando se encelaba, porque no contemplaba un ataque con ácido. Nos sentábamos al borde de la cama a decirnos que, quizá era momento de terminar, sabiendo que me esperaba una vida por delante.

No era necesario acudir a la policía, y si había necesidad de hacerlo, me escuchaban, y no me violaban en el baño de un museo. Iban contra mi atacante, no sobre mi código de vestimenta, porque, no sabía que había que ir vestida de cierta manera por la vida. Yo solo quería salir a dar la vuelta.

Despierto, suspiro. No es el mundo al revés, no es el mundo justo. Vuelvo a las calles mirando a todos lados, poniendo cara seria para que nadie se acerque, envío mi ubicación en tiempo real, y mi amiga corre a mí gritando: «¡Me la mataron!», cargando una foto de su hermana.

Los machos sacan las garras porque, temen que lo que nos hacen, se los hagamos. Nos descalifican porque en su interior saben que algo han hecho mal, y no les gusta sentirse castrados. Pero a nosotros no nos interesa empalarlos, quemarlos, ni violarlos.

Nosotros queremos paz, y cualquiera que quiera manchar la causa, yo le diría: «Qué equivocado estás, las mujeres no queremos ser iguales, ni mejores, queremos andar sin sentirnos carnada de jaurías, queremos el derecho de vivir la vida sin creer que mañana podríamos ser las siguientes.»

Ya no quiero permanecer en silencio. Levanto el puño, levanto la voz, grito, rompo, quemo, porque intentaron callarnos, quieren ocultar verdades que les costaría su imagen de hombres honorables, y ahora exijo a un sistema corrupto que no libere a mi asesino.

No usaría mi poder para abusar, lo usaría para cambiar lo que sé que está mal. No sería un Weinstein, no sería Trump, sería humana; les daría a todas y todos la arma más efectiva: La verdad. Y con ella iría detrás de la justicia.

En esta realidad cruda seguiré existiendo, pero jamás sola. Las miro a ellas, y me convenzo de que, no importan las batallas, de nuestro lado están las estrellas; las almas que mataron, y ahora nos guían.

Y en este mundo, digan lo que digan, somos campeonas. Somos las que recibimos la puñalada por la espalda, y nos levantamos; somos las que irían hasta la puerta de Palacio Nacional, una y otra vez, una y otra vez, hasta que Ingrid, Fátima, Abril, y las voces calladas, sean escuchadas.

Atravesaremos el fuego, andaremos por el mar, soplaremos al viento, y al final, cuando lo logremos, dejaré de cerrar los ojos para imaginar cómo sería mi vida sin un patriarcado, viviré sin tormentos, y todo el trago amargo habrá pasado.

No habrá mundo al revés, habrá un mundo justo.

Texto de Arte Jiménez

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