Érase una vez, cuando yo era una mujer que criticaba el feminismo.

Estoy sola en la parte trasera del taxi, conozco poco el camino, y de repente caigo en cuenta, puse mi vida en manos de un completo desconocido. Es 14 de febrero, yo tengo 17 años, él tiene anillo de casado y, con unos 40 años más o menos me dice: «Casi no se suben niñas tan guapas como tú a mi taxi, ¿Qué dices si nos vamos por ahí?», entro en pánico, es insistente y no deja de preguntarme por mi edad. Mi cerebro entra en estado de alarma, pensé en abrir la puerta para arrojarme hacia el concreto, en llamar a alguien para que escuchara sus palabras repulsivas. Soy un hielo, no me derrito, me enfrío, lo miro por el espejo retrovisor: «Me llevas a donde te pedí, por favor», el tipo le huye a mi mirada, y yo pongo la mano en la palanca de la puerta para que no ponga el seguro.

Continúa con sus insinuaciones, en ese momento las redes sociales no eran lo que son hoy, solo me queda llamar a Cesar, le llamo para decirle que estoy por llegar, que me espere afuera del Oxxo. Estoy a menos de 2 minutos, pero se sienten como una eternidad. Cuando pongo un pie afuera del taxi, siento que renací, con otro nombre, otra identidad, porque una vez que atraviesas ese miedo, algo te dice que hay algo malo, pero su raíz es tan profunda que no logras alcanzarla. Tengo que respirar, Cesar me abraza, y yo quiero llorar a mares.

Yo solía medir el respeto hacia una mujer por sus prendas, solía criticar a otras por sus decisiones, en mi cabeza apoyaba la estúpida idea de que existían «morritas básicas» basándome en sus gustos, creía que tenía cierta autoridad moral como para señalar y decir que las feministas no sabían lo que hacían. Ahora que lo pienso, era un pedazo de mierda. Era todo lo que ahora aborrezco. Yo era esa persona que creía que pintar paredes, estrellar vidrios, tirar monumentos o taparse la cara, no era para nada feminismo. Si tan solo la historia universal se me hubiera enseñado sin las vendas patriarcales que muchos hombres han colocado en los ojos de la sociedad, habría aprendido que solo así es como muchos de los derechos que hoy tengo como mujer me fueron otorgados gracias a la rebeldía de muchas mujeres en el pasado. ¿Cómo no levantarnos cuando los libros no mencionan los nombres de las revolucionarias que cambiaron el rumbo de la historia? ¿Cómo no levantarnos cuando después de siglos de lucha la violencia solo ha aumentado y se ha llevado a amigas, hermanas, tías, primas, mamás, hijas? ¿Cómo podríamos mantener silencio cuando quienes tienen el poder de hacer justicia nos dan la espalda?

El otro día me senté triste a pensar en lo cercano que he visto el feminicidio y cómo aunque pareciera que yo soy la misma persona, no lo soy. Comencé a hacer una lista de cosas que habían cambiado en mí, en cómo ya no tenía tiempo para criticar a otras, como incluso ahora estaría dispuesta a destruir el Poder Judicial. También hice una lista de eventos que solo gracias al feminismo sé que tienen nombre…

  • Que cuando una ex pareja me insultó, fue violencia psicológica.
  • Que cuando un amigo me tocó sin mi consentimiento, fue agresión sexual.
  • Que cuando un tipo de 23 insistía en andar conmigo a los 16, era pedofilia.
  • Que los jalones no eran normales. Las burlas menos.
  • Y que yo había lastimado a otras mujeres por recibir aprobación masculina.

Qué difícil, ¿No? Saber que pudiste haber elegido el lado correcto de la historia hace tanto, pero lo postergaste porque tenías miedo de renunciar a la comodidad de las ideas que un sistema había instalado en lo más cómodo de tu interior. Renunciar a eso y educarme creo que eso es lo que hace que perdonarme por mis errores pasados, sea menos complicado, aunque no he logrado hacerlo del todo. He visto todo evolucionar, no solo a mí, ahora veo a mujeres que antes permanecían en silencio, levantar la voz, y me levantan el espíritu a mí, a las demás, a todas. Las veo, valientes y radicales; revolucionarias e incendiarias; las veo y me veo. Reconozco en sus gritos el dolor y la angustia que he sentido a lo largo de los años.

Lo pienso así, ese 14 de febrero pude haber desaparecido, sin embargo, aquí estoy. Agradezco a la vida haberme dado la oportunidad de cambiar, de estudiar, de coincidir con mujeres que cambiaron mi vida, y que hoy sin duda, son las musas de mis letras. Ese 14 de febrero pude haber desaparecido y nadie se hubiera enterado, pero ahora, si desaparezco, si me violan, si me maltratan, ellas estarán ahí gritando mi nombre, recordándome en ofrendas, mirando al cielo. Estamos aquí, y si ya nos estamos dando la mano, no es momento de soltarnos.

Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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