Cómo es que vemos sólo lo que la luz alumbra

Imagina que estás en un cuarto totalmente oscuro. Pestañeas un par de veces intentando ajustar tu pupila para poder enfocar mejor. Apenas logras distinguir algunas siluetas.

De pronto, un pequeño foco que cuelga de un largo cable proveniente del techo ilumina una pequeña sección del cuarto. Enseguida observas lo que la luz te permite ver.

Si te detienes un momento a pensar y reflexionar, podrás fácilmente darte cuenta que aquello que está frente a tus ojos no compone el todo de lo que ahí se encuentra.

No sabes bien de qué tamaño es el cuarto en el que estás, pero te han dicho que es inmenso, quizás infinito. Me parece que es una hermosa analogía con la vida misma.

Absolutamente todo se encuentra ahí, en ese cuarto, al alcance de tus manos pero cubierto de penumbras. El foco es lo que tu cerebro selectivo decide que vale la pena mirar, enfrascado en lo cotidiano y en lo repetitivo. En aquello que ya conoce y que le hace sentir seguro.

Eso es lo que tú ves, pero no es lo que “existe”. Lo que sí existe es un mundo de posibilidades y oportunidades. No es magia, es apertura. No es suerte, es perseverancia.

No es casualidad, es causalidad. Es cuestión de que decidas tomar el control. Estira con esfuerzo todo tu cuerpo hacia arriba y toma sin vacilación el foco.

Si quiere pendular, aférrate y no lo dejes ir. Con mucha seguridad e ímpetu dirige el foco hacia donde te dé la gana.

Abre tu mente y acepta formas y colores distintos. Encuentra la comodidad en lo desconocido, abraza las sorpresas de lo inesperado, transforma lo que te agobia. Ilumina con el foco el camino de los que no tienen luz, y comparte el resplandor si a alguien se le ha fundido.

Recuerda siempre que más luz genera más claridad, y que uno jamás dejará de brillar por compartir su brillo.

Texto por: ANDREA JAIME

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