Cómo el feminismo me hizo notar que mi familia era machista.

México siglo XXI, y parece que mi generación es la primera en la que la mayoría acepta la «equidad de género» y preferencias sexuales.

Tengo 25 años y soy feminista, apoyo a la comunidad LGBTQ+ siendo heterosexual, creo en la equidad de género y eso me parece lo más justo.

Y aparentemente vengo de una familia que apoya a la mujer, porque mi mamá trabaja, porque yo estudié, porque mis padres dividen gastos y porque no escatimaron ni en mi educación, ni en la de mi hermana, para dársela a mi hermano.

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Entonces yo pensaba que eso era una familia abierta, porque pocas veces podemos ver la ropa sucia en nuestras casas, pero conforme más me informaba acerca del feminismo y de lo que era realmente una mujer feminista, me di cuenta que mi familia no lo era, solo era una familia moderna por «encimita», y es que el machismo cada vez es más silencioso, porque a pesar de que tuve educación, también estaba ese lado en el que de mí como mujer se esperaban ciertas cosas: como saber hacer la comida, como servirle la cena a mi padre, o tan simple como cumplir las expectativas de lo que es una «mujer» para la familia, y si no las cumplía, recibía miradas de desaprobación, entonces mi feminidad estaba condicionada a lo que a mi familia le parecía que estaba bien, claro que ese era un contrato que todas las mujeres de mi familia firmaban en secreto, siempre queriendo agradar.

No sé si les ha pasado en sus familias que entre más saben del feminismo y la aceptación propia, más les hacen ruido los comentarios en las cenas familiares.

Y es que a mí me pone mal cuando tengo primos más pequeños y sus papás (que son un poco mayores que yo) les dicen que ser gay está mal y que el rosa es para las niñas.

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O cuando mis primas salieron del closet y me dolían los oídos de cómo mis tíos hablaban mal de ellas, porque eran las «raritas» o saber que mi primo es transexual y le siguen llamando Sergio cuando ya hace varios años que se cambió el nombre a Samantha.

Contra todo eso lucho yo, y no creo que sea la única, por eso si tú pasas por lo mismo, no estás sola, yo también estoy aquí, tratando de cambiar mi entorno por uno menos tóxico.

Y queramos o no, el mundo depende de nosotras, de que seamos valientes, de que influenciemos a los más pequeños, para que las mujeres que vienen tengan la libertad de salir a la calle con una falda, para que la comunidad LGBTQ+ no sea discriminada, para que dejemos de hacer marchas.

Para que los niños puedan jugar con muñecas y las niñas puedan jugar americano sin ser juzgadas, sí vamos por buen camino, sí vamos avanzando.

Pero todavía hay machismo, un poco más pasivo agresivo, escondido en las entrañas del hogar, deshagámonos de él.

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Por: Jessica Correa.

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