Por esta razón NO sigo a «influencers» en mis redes sociales.

La palabra «influencers» deriva de – influencia -, palabra que ya conocemos muy bien, y aunque, no existe un manual que indique qué hace o no hace un «influencer», sabemos bien que el poder de comunicar algo de manera masiva para poder crear ganancias monetarias, lleva consigo una estrategia, y no muchos piensan que también, tienen una gran responsabilidad.

Cuando comencé a explorar más el mundo de YouTube para poder desarrollar Chit Chat, el programa de entrevistas de Mujereologia, me di cuenta que había muchos «líderes de opinión» que carecían de ciertos valores, y lo único que realmente querían era vender, y para poder lograrlo habían creado un personaje que criticaba a otras figuras, que transmitía en vivo desde el funeral de su papá, que tomaba vídeo a un cadáver en el bosque del suicidio de Japón, que gritaba «puto» al conductor de una lancha, que creía que por tener más de 1 millón de seguidores tiene el poder de ningunear a la gente.

Vaya forma de fomentar el pacifismo en un mundo tan loco.

No digo que yo siempre haya dicho o hecho cosas de las cuales me sienta orgullosa, porque cometí errores en el pasado, como criticar a otras mujeres, por ejemplo, pero si hubiera seguido siendo esa misma persona de hace 6 años, entonces habría un grave problema. El problema es que ni aunque madures, ni seas un adulto joven con consciencia sobre lo que es el mundo, hagas cosas que no construyan a una sociedad, sino que solo provoquen entretenimiento efímero sin ningún valor.

Pondré como ejemplo a la empresa que se volvió la más vista de habla hispana en YouTube, Badabun. La cual creció de manera exponencial después de haber creado su mejor fórmula: crear figuras públicas para atraer distintos públicos, con diferentes intereses, edades, perfiles, preferencias; incluso llegaron a crear parejas falsas porque se dieron cuenta que el contenido de pareja era más visto. Lo que nadie sabía es que detrás de su bonito Instagram y de aparentar vivir la vida perfecta, los dueños y mismos compañeros de trabajo tenían intereses propios, y terminaron evidenciando a una empresa llena de ego, y hambre por dinero.

Dross, uno de los pioneros de habla hispana en la plataforma, incluso llegó a acusarlos de estar plagiando contenido, dato que después sería confirmado por el canal «Un camino a la vida», enfocado en textos y reflexiones, el cual tuvo que suspender actividades por un tiempo pues uno de los integrantes de Badabun, y otras personas, habían plagiado su contenido. Lo que pasaba detrás, no era evidente ante el ojo público, y con ese caso corroboré lo que ya sabía: hay gente a la que no le preocupa su audiencia, sino poder tener más ceros en sus cuentas bancarias.

Analizando el contenido de algunas otras figuras en Instagram, me di cuenta que lo único que estaba sucediendo es que las audiencias habían estado creando expectativas de acuerdo a las personas que seguían, y en vez de ser felices con su vida, se comparaban con una personalidad que subía una foto en Miami tomando mimosas. Lo que mucha gente no sabe es que, hay contratos multimillonarios por los cuales la gente hace lo que sea, incluso si eso implica traicionar sus principios.

Tomemos como ejemplo el más reciente caso de Diet Prada: Un viaje todo pagado para las famosas estrellas de Instagram para ir a un festival de música. Suena bien, ¿no? Pero el problema es que fue en Arabia Saudita, un país que supuestamente está buscando evolucionar, pero la gente local aún habla de asesinatos a periodistas, maltrato a las mujeres, es decir, apenas el año pasado les fue concedido el permiso de viajar sin tener que consultar a sus esposos. La discusión giró entorno a si las y los influencers habían hecho mal en aceptar la invitación.

Por supuesto que sí estuvo mal. Cuando un gobierno quiere cambiar la imagen internacional de su basura, pagará millones de dólares para que personalidades como Sofia Richie viajen hasta allá y se hospeden en lujosos hoteles, mientras hay miles muriendo de hambre o sin acceso a un programa de salud. ¿En dónde queda la congruencia?

Hablemos de calidad. ¿Cuántos canales de YouTube realmente aportan a la sociedad? Pocos, poquísimos, con esto no digo que todos los canales sean educativos, pero que al menos, no solo entretengan, sino que el contenido ayude a futuras generaciones a pensar más, a abrirse más, a construirse como seres humanos. Pero lo único que vende es el morbo, el crear vidas a base de mentiras, y enriquecer a gente que ve en crear contenido, una posibilidad de ingreso, sin pensar en que niños y niñas ven sus vídeos, les siguen en redes, y absorben todo lo que ven.

Por eso decidí dejar de seguir a «influencers», y lo pongo entre comillas porque creo que allá afuera hay personas que realmente usan sus plataformas para dar mensajes de bien que ayudan a su audiencia a aprender, a formar sus propios juicios, a crecer, y no solo se dedican a subir 20 historias diferentes sobre las diferentes marcas que les han enviado regalos, o se la viven subiendo fotos perfectas sin dejar ver en realidad quien está detrás de una pantalla.

Por contrato, muchas veces estas figuras están incluso limitadas al emitir alguna opinión respecto a distintos temas con tal de no romper la línea que tiene la marca. Muchas o muchos no hacen de sus plataformas un espacio en donde el cambio social sea un eje, o al menos uno de sus discursos, la mayoría prefiere crearnos expectativas sobre la vida para sentarnos en el sillón y pensar: «Ay quiero tener eso que tiene ella», sin darnos cuenta que tenemos identidad propia, una vida propia para construir.

Influencer es quien realmente influye, no quien manipula para vender.

Texto de Arte Jiménez

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