No vamos a pedir perdón por estar enojadas.

Andas en la calle, sientes paranoia, te quitas los audífonos porque debes estar alerta por si alguien te viene siguiendo, por si otra mujer grita, por si la injusticia se atraviesa con tu camino. Ves un grupo de hombres en la banqueta, sudas, te dan nervios, ¿Y si son malos? ¿Serán buenos? No lo dejas a la suerte, cruzas la calle para no pasar cerca; comienzas a pensar en alternativas para huir en caso de que te quieran someter y arrebatar la vida que amas tanto.

Miras por encima del hombro. Miras de arriba hacia abajo. Al cielo le pides, al suelo le ruegas. Mira lo que me han hecho, me han llenado de pavor, cada vez me cuesta más pisar las calles sin sentir que yo podría aparecer muerta mañana. Comenzó allá lejos, en poblados peligrosos, se fue avecinando como plaga, y arribó a mi ciudad… Las mujeres desaparecen, son violadas, asesinadas.

No vivo en una jaula, vivo en libertad condicional, «No salgas de noche», «No te vistas así», «No salgas sin ir acompañada», si me ven desangrada, golpeada, empalada, violada, siguen juzgándome a mí, ¿Para cuándo señalarán a quienes nos torturan y nos matan?

Nací para vivir, sin embargo, vivo para ver morir, y esperar no hacerlo yo en manos de monstruos inhumanos. Vivo para ver la injusticia gobernar las tierras convertidas en fosas clandestinas repletas de cadáveres que antes habían nacido para vivir, y murieron esperando ver la luz de un nuevo día.

Eran niñas, adolescentes, mujeres jóvenes, mujeres maduras, adultas, que no vivieron para ver un sueño realizado, ni el amanecer pacífico prometido por una transformación del gobierno. Estamos inmersas en su impunidad, nos ahogamos con sus mentiras, una vida humana perdida no les incomoda, entonces, ¡Nos levantamos con diamantina y, marcamos todo a nuestro paso, rompemos los vidrios, las paredes, y las puertas que resguardan a quienes solapan la violencia hacia las mujeres! ¡Que escuchen nuestro estruendo en las calles! Nos han quitado todo, hasta el miedo, joder, hasta el miedo, ¡Que viva la Revolución Feminista!

Aquí no nos divide ni el color, ni el dinero, ni nuestros cuerpos, aquí vamos, unidas por el dolor, por los testimonios que no ven la luz del sol porque temen a declarar culpable incluso a alguien de su propia familia, porque nadie quiere decir: «Me violó mi papá, mi hermano, mi tío, mi primo, mi abuelo» en voz alta. Porque si levantas la voz, de algún modo siempre serás tú la culpable.

Y no se dan cuenta, no quieren abrir los ojos, pues, ¡Nosotras se los abrimos! Al menos tenemos más valor que los cobardes que se esconden detrás de un «no le digas a nadie o te mato», al menos damos la cara, no como quienes usan máscaras de ovejas cuando en realidad son lobos hambrientos.

Nosotras estamos hambrientas de justicia, de vivir en un mundo que deje de poner a menores de edad a trabajar haciendo pornografía, o explotándolas en la calle, mientras cientos de hombres les arrebatan la posibilidad de vivir una vida digna, de ser alguien, de estudiar, prepararse y volar. Ya no queremos seguir jugando bajo las reglas que, siempre nos han hecho perder, queremos reformar, reeducar, revolucionar.

No vamos a pedir perdón por destruir objetos cuando han destruido vidas humanas. No vamos a pedir perdón por estar enojadas. No vamos a seguir pidiendo las cosas por favor, porque las víctimas pidieron que las dejaran ir, y no fue así, entonces, nosotros no cedemos paz al gobierno, hasta que encierren a los violadores. No habrá silencio, nadie nos calla, nadie nos dice qué hacer.

Y esto no es provocación, es una llamada de atención. Que el mundo vea que en México nos matan, y al gobierno le vale madre.

Texto de Arte Jiménez

Fotografía de archivo.

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