Me obligaron a vivir en un clóset, pero padezco de claustrofobia

Mis amigas se emocionaban cuando un niño les hablaba, pero yo no me sentía igual, a mí me ponía nerviosa la maestra de matemáticas, y no entendía por qué. Pensaba en ella de pronto mientras escuchaba mi música, su cara me pareció estar perfectamente trazada, su silueta era igual a la de una sirena, y su sonrisa era como recibir una buena noticia todos los días. Más de una vez fingí no entender los ejercicios para que se me acercara y yo pudiera oler su perfume, y no entendía porque, aunque era un poco dulce para mi gusto, me gustaba sentir cercanía.
Cuando salí del colegio solo pensaba en que dejaría de verla y me sentía extraña. Para algunos yo era solo una niña, pero mis sentimientos me hacían sentir como un adulto; debiendo algo al banco, a las autoridades o a Dios.
Un día escuché a alguien decir que las personas del mismo sexo no podían estar juntas porque eso era del diablo, que hay un lugar en el infierno para personas así de enfermas, que solo se trataba de una fase. En ese instante me encerraron en un clóset y me obligaron a vivir en él… Yo no lo sabía en ese momento, pero padezco claustrofobia. ¿Cuánto tiempo podía aguantar escondiéndome de lo que soy?
Me gusta como las mujeres corren sus dedos por su pelo, como se mueven cuando bailan, sus ojos, sus manos delicadas, sus senos, sus glúteos, su sonrisa, son criaturas monumentales. Me gusta cómo se entregan, que con ellas es todo o nada, que su corazón sea noble, que sean apasionadas, que en su cuerpo encuentre una curva diferente la cual me descontrole. Me gusta como pueden abrazarte con sus palabras, como más que seres humanos, parecen ser hogares que quieren cuidar a todo aquel que busque asilo. Me gustan las mujeres, y yo soy mujer.
Yo no creo que a Dios le moleste que al fin pueda respirar al abrir las puertas del clóset y gritarle al mundo que no vengo a dañar a nadie, vengo a amar. No le estoy declarando la guerra a nadie, no estoy robando, no estoy mintiendo, no estoy dañando a nadie, solo a mí al mentirme a mí misma cuando quiero aparentar algo que no soy. Yo creo que Dios ni siquiera es como lo pintan, yo creo que él es mucho mejor de lo que dicen, y yo creo que él no creo a nadie a su semejanza, yo creo que nos creó libres, aunque demasiado temerosos y obedientes, por eso creímos el primer cuento que nos contaron.
Yo creo que Dios me ama, yo creo que está orgulloso de que mi corazón sea capaz de amar con pureza, y yo pienso que no hay un infierno para mí, yo creo que el infierno está aquí en la tierra, donde la gente te destruye, te apunta con los dedos, te grita cosas, te hace sentir mal, te enjuicia como si ellos supieran la verdad absoluta de todo. Si ellos creen que mi pecado es amar, entonces me declaro culpable, tengo el valor de asumirlo, pero, ¿Cómo gente así se puede sentir mejor que yo cuando viven con sentimientos como odio y repudio en su corazón? ¿No es eso peor?
Yo creo que la gente tiene miedo de descubrir que quizá el universo no fue creado como se los han dicho toda la vida, tal vez somos una simple combinación de magia y Dios es el mago que decidió darnos pies para recorrer lo más que podamos, brazos para dar muchos abrazos, labios para dar aliento a los demás, ojos para enamorarnos de la vida, quizá nunca nada ha sido como todo mundo piensa.
Tal vez no es solo una fase, tal vez no es algo social, tal vez no es algo con explicación, probablemente siempre existió, probablemente vive en nosotros, pero vivimos enjaulados, siempre dentro de cajas, ¿Realmente somos libres cuando los estereotipos, las reglas, la forma de pensar y hasta la de querer fueron impuestos?
No solo se trataba de mi maestra de matemáticas, se trató de mi amiga del salón que conocí en primaria, de mi vecina mientras cursaba la preparatoria, de mi mejor amiga cuando entré a la universidad, de mi compañera del trabajo, se trata de algo que siempre ha vivido conmigo.
Se tratan de los mismos nervios que los demás sienten cuando alguien les gusta, se trata de un sentimiento tan genuino como el que corre por tu cuerpo cuando realmente quieres a alguien, se trata de que mientras viva quiero hacerlo bajo mis términos, haré el bien y haré el amor con quien yo lo decida. Cuidaré de mi cuerpo y de quienes me rodean, seré la mejor versión de mí y esa versión implica vivir enamorada de las mujeres y no de los hombres.
Todo el tiempo me obligaron a vivir en un clóset porque decían que estaba enferma, pero no lo estoy, estoy más cuerda que nunca. No quiero vivir encerrada en una caja de mentiras que haga a mi mente cuadrada como la de los demás, yo padezco claustrofobia. Voy a explorar el mundo, voy a andar por la vida satisfecha de haber decidido hacerme feliz a mí y no a los demás con sus creencias convencionales, voy a dejar que mi corazón se expanda.
Nadie merece vivir preso de sus sentimientos, nadie merece ser juzgado por amar, nadie merece ser tratado mal, porque eso no lo hace ni Dios. Así que, no voy a seguir agachando la cabeza, esto es lo que soy.
– Con cariño a mis amigas, lectoras, y colegas que viven con dificultad por haber nacido en un mundo demasiado chico para sus corazones tan grandes.

Texto por Arte Jiménez

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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