F E L I C I D A D

La felicidad, como la energía misma, no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

A veces cada uno de los átomos de este particular sentimiento te deja un sabor amargo en la boca, y lo que fue felicidad, se transforma de repente en algo mucho más profundo, en un rayo que te eriza la piel provocándote escalofríos. En algo más parecido a la angustia.

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Y no es que pueda describirse como tristeza o depresión, sino que aquella felicidad ha sido reemplazada, de a poco, en algo más. Pero no se ha destruido, porque ha dejado rastro de aquello que fue, y puede todavía tocarse con la punta de los dedos y respirarse sigilosamente mientras los pulmones se llenan de aire.

Otras veces, se transforma en líquido. En agua salada que sabe dulce y que brota de la mirada de los más sensibles, de los que saben derramar lágrimas de plenitud, de gozo. Se transforma en sonrisas ahogadas y gritos de placer.

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En alguna que otra ocasión, logra transformarse en una especie de miedo. Un temor inexplicable a perder aquello tan hermoso y perfecto que el presente nos ha regalado en el instante. En inmensa inseguridad hacia lo que está por venir, hacia el futuro incierto.

A veces se convierte en ira, en furia imparable e indescriptible. En trueno, tormenta y desasosiego.

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Otras más, se convierte en pasión, en calor incontenible, en potente radiación. En expansión y locura, en imparable motor.

La felicidad no se contiene, se multiplica. Se agranda y explota, se pierde y se paraliza. Pero jamás se destruye. Es sólo cuestión de comprender la transformación.

Colaboración por: Andrea Jaime

Fotos por: Samuel Mustri

Author: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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