La taza de café que impidió mi suicidio

¿Cómo sería? ¿Colgada, ahogada, o por sobredosis? Realmente no me lo había preguntado. Necesitaba una respuesta porque el tiempo se agotaba y el vacío que vivía dentro de mi comenzaba a carcomerme. No dormía. No comía. No escuchaba. No observaba. Solo existía el blanco y negro. Mi mundo se destiñó. Una parte de mí había sido enterrada ya, la otra aún batallaba, se sentía con miedo y un poco en desacuerdo con renunciar a la vida. Pero yo, en mi cabeza no quería seguir.

¿Si me muriese hoy quién lloraría mi ausencia? Nadie. Así de vacía, así de perdida, así de absurda. Imaginé un mundo sin mi presencia… El ritmo de vida de todos seguiría normal, y si yo moría en jueves, el viernes mis amigos volverían a estar de fiesta en cualquier bar de la ciudad. Mi familia sufriría tal vez. Después se acostumbrarían a no escuchar mi voz, a no verme, a no olerme, a no sentirme caminado por la casa. Todo el dolor se termina. ¿El mío cuándo?

Salí a caminar. Mis pensamientos eran los asesinos y no podía callarlos, me perseguían, jamás se iban a dormir; hubo noches en las que me despertaban o aparecían en mis sueños para recordarme que sin importar lo mucho que yo tratara de huir, al día siguiente yo seguiría siendo una total y completa mierda. Mi cabeza me iba a matar. Mi corazón ya había cedido.
¿Mi padre finalmente se arrepentiría de no haber estado en momentos importantes? Quién sabe. Tal vez se entere seis meses después que me morí y así deje de estar molesto porque no respondo el teléfono. ¿Siendo cristiano encomendaría mi alma a Dios, o no soy digna de su reino por decidir perder en este juego que llamo vida?
No sabía. Tal vez sí. Tal vez no.

Seguí dejando que mis pensamientos me atemorizaran, los dejé entrar hasta que comenzaron a sofocarme. Regresé corriendo a casa. Entré al baño y pude sentir el pánico adueñarse de mi cuerpo. Me estaba ahogando. Ni píldoras, ni sogas, ni agua. La mejor manera de cometer suicidio es pensar que no eres suficiente para nada ni nadie. Y así, encerrar a tu alma, condenarla a vivir bajo la prisión de tus miedos.

De pronto sonó el teléfono. No quería responder. “Me voy a morir”, pensé.
Me hinqué suplicando que dejara de doler. “Dios, ¿Me estás escuchando?” pregunté mientras veía el techo del baño. “¿Me quieres?”, seguí. Pude sentir un dolor en el corazón, los latidos perdieron su ritmo. Toqué mi garganta como si así pudiera tocar la idea de morirme y sacarla de mí. Simplemente no podía.
Volvió a sonar el teléfono. “Dime algo, dime que me quieres”, insistí mientras mis ojos seguían apuntando al techo. Rojos. Hechos un mar de lágrimas.

Me levanté de pronto, en automático. Mis piernas apenas y podían sostenerme. “Me voy a morir”, volví a pensar. El teléfono no paraba de sonar; el timbre comenzó a dar vueltas en mi cabeza. El tono agudo me desquició, tomé el teléfono para lanzarlo contra la pared, cuando de pronto, sin planearlo, vi el nombre en la pantalla… Mi hermano menor. Un frío atravesó mi cuerpo, me dejé caer sobre el sillón agotada.

“Ya vamos para la casa, ¿Necesitas algo?”, preguntó. En milésimas de segundos recordé todo lo maravilloso, no pude tener ni un recuerdo malo. Las tardes de juego, los atardeceres, la playa, la arena, la comida, el viento, las nubes grises, la textura de los labios al besar a alguien, la música, los viajes en automóvil, las risas, mamá en la cocina, el café, el café… “Nada, se me antoja una taza de café” le respondí.

Colgué. No me colgué. Mi mente se había quedado en blanco. Escuchar su voz me hizo recordarlo todo. No estoy sola. Y si quiero adelantar mi partida, él sufriría, seguro que sí. Agité la cabeza. Sacudí mi cuerpo como si buscara desempolvarlo de las viejas malas vibras. Respiré hondo.

Mi familia llegó. Dios me respondió. Después de todo debe quererme mucho como para concederme la segunda oportunidad de vivir y tener la fuerza suficiente como para renunciar al veneno que vivía en mí. Desecharlo. Desintoxicarme.
Tomé una taza de café que me preparó mi mamá… “¿Sabes? A veces me siento un poco rota”, le dije con trabajo. Ella me miró, me abrazó, me dio un beso en la mejilla… “Recuerda que yo sé coser muy bien, tengo mi máquina, y tengo mi amor por ti”, respondió. Mi vida se puso en pausa en ese momento y claramente escuché una voz dirigirse a mí desde mi propio interior…

“Cuando sientas ganas de morir, recuerda que tienes un propósito, tu tiempo no se ha acabado, eso no lo decides tú. Si estás aquí es por algo. Resiste a la tormenta. Resiste al dolor. Trabaja con él. Y antes de querer renunciar por algo que va mal, recuerda las mil razones que tienes para seguir con vida”.

Le sonreí a mamá y una extraña paz me invadió. Miré la taza y no pude evitar pensar en lo que había pensado una hora antes. A veces tal vez solo necesitamos hablarlo, exponernos para sentirnos escuchados, y tal vez, una taza de café en cualquier sobremesa logre impedir que los miedos que son como semillas crezcan en forma de hiedra e inhabiliten nuestra facultad de poder amar lo que nos rodea, amarnos a nosotros.

Porque no. Nunca estamos solos. Siempre existe alguien que nos puede salvar.

Texto por  Arte Jiménez

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

5 thoughts

  1. He tenido pensamientos similars muchisimas veces y la verdad q es una mierda pero creo que forma parte del aprendizaje, algunas personas caminamos ciegamente (solas) hacia ese tipo de pensamientos autodestructivos y venenosos. Cierto es que no debemos olvidar que siempre hay alguien que sufriria por nuestra partida y que si exteriorizamos nuestros miedos y dolores seguramente ese alguien nos dé una mano.
    Me sentí muy conmovida y entendida.
    Saludos!!

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    1. Gracias por leerme. En verdad aprecio mucho cuando la gente expresa que se identifica.
      Sin duda alguna el internet une a las personas, y me llena de felicidad haber tocado tu vida con mis palabras. Un abrazo para ti. ❤

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