ANA

Y entre las cumbres de los papeles sobre la mesas, Ana se regodeaba ocho horas cada día, entre los documentos provistos para entregarse procuraba basar su existencia hábil; pues en las cosas formales todo tiene etiquetas, que corridos, que hábiles, que calendario…

Su proceder era simple, llano y vano. Si, vano resulta ser el adjetivo más atrevido, más descorazonado y más sincero.

Ana no admitía distracción ajena en sus horas matutinas y tardías, el te olvidado en los estantes, los anaqueles para endulzar la gracia propia, la novela que lo inaplazable finalmente aplazó…

Durante el día sensaciones de melancolía distante emergían a su corazón, más el llamado o el deber lograban sedarlo hasta que el reloj informaba que la lucha había terminado, por hoy.

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Ya en su morada impenetrable, en su lecho proyector, Ana recordaba todo cuanto había sido su sentir antiguo, sus deseos hechos realidades que le hacían vivir.

Ana sentía su alma atrofiada, y cerrando los ojos se preguntaba a donde habían ido sus anhelos, sus temblores del alma, sus triunfos en las letras y en la poesía.

A dónde había ido aquella joven que entre plumas y cuadernos trazó la vida de sus héroes novelescos.

La joven que soñaba con historias, versos y canciones, había partido desde que la vida la obligó a entrar en su sistema metódico y capitalista, en su organización de poderes productivos y monetarios.



En el mundo de hoy no hay lugar para las letras, para el amor por trazar historias utópicas, para soñar con tierras ajenas y armarlas con la gracia de lo hermoso e invisible para quien ordena como debe funcionar la vida misma.

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Vida que debería ser tan propia, como su nombre, como su alma y su esencia, pero tan contraria y ausente de autonomía como un ser inerte, cuya existencia queda rezagada al impulso del transeúnte más próximo, del moldeador de identidades ajeno e intruso. 

Desde el principio de los tiempos, la vida ya está trazada.

Los individuos anhelantes y soñadores de versos extranjeros son seres no propios para el mundo, ajenos a esta vida desesperada y deseosa de destrucción, de incertidumbre, de organización…

Ana soñaba con sus nombres, con sus héroes marcados en su memoria, con sus diosas florecidas, con sus retratos del horror y del perdón y con sus versos enmarañados de sentir.

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Ana no entendía el mundo, no comprendía su vida, no sabía porqué la misma alguna vez llegó a ser de este modo y no de otro, porqué las realidades personales suelen ser tan salvajemente divergentes, porqué su vida se resumía en recriminarse por las noches y condenarse por haber entregado sus anhelos al orden de la competencia vil y despiadada, al entorno del “da todo hasta que no te quede nada, más que desgracia y desdicha”.

El mundo había obrado bien, de nuevo el orden y las jerarquías habían logrado borrar sueños de arte por producción y resultados monetarios. Al fin y al cabo el hombre invisible anhelante de ovejas para su rebaño, había pescado a su animal mas preciado.
Los sueños de una joven murieron cuando enterró su pluma en el valle donde crecen fértiles los títeres de la modernidad

Por: Daniela Duque Montoya

Fotos por: India Earl

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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