El tiempo contigo, carta de un hombre.

Colaboración por Eric Muñiz


 

Estoy aquí sentado, como todos los días desde que no estás. Escribiéndote, como siempre lo hice, y escuchando esa canción que nos unía. Nuestro himno, nuestra prueba de amor. Por primera vez, he tenido el valor de reproducirla sin que tú estés. Mi piel se eriza desde las primeras notas vibrantes, que me hacían sentir valiente, fuerte, seguro y hoy son todo lo contrario. Vienen tantos recuerdos a mi cabeza.

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El aroma de tu piel, el calor de tu cuerpo junto al mío después de hacer el amor. Las películas, esas en las que siempre me quedaba dormido antes de que terminara, porque enserio, prefería dormir a tu lado y que me contemplaras, acariciándome, leyéndome el alma. Cuando éramos uno solo. Esta línea: “Viento amárranos, tiempo, detente muchos años”, me estremece, me deshace y me pone a pensar en todo lo que vivimos. No los malos momentos, si no los buenos, fue hermoso. Tú y yo, en camino a esos lugares, sentados en esos asientos para dos, hechos para nosotros. Leyendo tus ojos, acariciando tu cabello. Soñando.

Mirando juntos el paisaje, los volcanes, mientras me contabas las leyendas que en ellos contenían y prometiendo que volveríamos a estar tan cerca. El cielo tan claro, nos decía que estábamos destinados a ser.

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Las canciones, los momentos, el miedo a perdernos, los primeros besos, el primer café. Las salidas, caminando de la mano, mientras que la luz del sol tocaba nuestros labios hasta que la noche nos abrazaba con sus faros.

Las tardes, en las que después de una pelea, llorando, nos mirábamos a los ojos, tocábamos nuestras mejillas y convencidos, decíamos que no queríamos perdernos. Esas veces, en las que todo se salía de control y los cometas, las estrellas, o lo que fuese, nos comprimían como uno solo y era inevitable despegarnos. Los sueños y promesas, esas que me duelen recordar, porque te lo juro, estaban hechos para cumplirse.

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Me cuesta demasiado trabajo hacerme a la idea de que todo esto ha terminado, que nuestros caminos se separaron. No puedo entender muchas cosas aún, porque este dolor no me deja ver, no me deja nada. Ya casi son tres meses sin ti, y no hay día que no piense en cómo esto se fue al carajo, cómo el amor a veces es tan cruel. Esto pareciera ser una pesadilla, puede que el “dime que no estoy soñándote”, se haya convertido en eso, porque este nudo en la garganta me traba las palabras que no he podido decir.

El viento no pudo amarrarnos, o tal vez fue demasiado fuerte, demasiado real, que el nudo reventó hasta deshacerse ante nuestros ojos. O tal vez, la materia se desintegro, el peine se desbarató hasta calcinarse en este incendio.

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Hace mucho dejé de visitar esos lugares que concurríamos. Coyoacán, uno de ellos. Esa delegación, llena de fantasmas y recuerdos encerrados entre calles empedradas, los cuales aún no estoy preparado para abrir, no estoy preparado para encontrarme solo ahí, cuando contigo los conocí. Contigo construí un mundo de ilusiones, de emociones y sensaciones que hoy me queman, arden dentro de mí.

Hubiera querido, con todo mi ser, que nos volviéramos eternos, que las palabras se incrustaran en la eternidad y los planetas se alinearan hasta encontrar uno vacío.

Que todos esos momentos hubieran llegado a tu cabeza como un flashback y te hicieran un vacío tan fuerte como el que estoy sintiendo, hasta decirme que quieres estar conmigo y cumplir cada palabra que dijimos.

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Cada sueño que formamos, y que hoy, están a la deriva de los recuerdos. Hubiera querido tantas cosas, me encantaría tener un control para regresar el tiempo y decirte que había vivido tu pérdida y que era incapaz de sobrevivir sin ti, que nos veía como unos completos desconocidos, para que juntos solucionáramos cada error que hoy nos tendría así. Pero es imposible.

Cada día que pasa, es un punto inquebrantable, donde ya no sé si estaré bien o mal. Cada día es buscar una nueva forma de distraerme para no pensar en ti, para no llorar tendido en el sillón donde por última vez dormimos, pero siempre me ganan los recuerdos y me saturan de ti, de lo que fuimos y de lo que pudimos haber hecho para salvarnos.

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Me cuesta trabajo hablar conmigo mismo, me cuesta trabajo que la gente me escuche hablar de ti, porque si, todo este tiempo tú has sido el centro de mis conversaciones. Por eso hoy estoy aquí, escribiendo esto que siento, esto que quizás nunca leerás, porque no, no tiene caso.

El amor, las historias, ese viento que nos sostuvo entre sus manos por un tiempo, siguen siendo parte de mi vida, siguen siendo mi tiempo y mi mente. Cuando cada cosa me recuerda a ti, es imposible estar bien, no encuentro la forma aún de darle sentido a esto, pero sé que algún día lo haré para poder salir y sentir cada silencio sin que me lastime el corazón, porque tú y yo sabemos lo que hubo, lo que fuimos, y nadie más lo sabrá, nadie más tendrá con certeza la noción de lo que un día nos elevó hasta el cielo.

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Y es que eso hicimos, volé contigo hasta lo más alto, que cuando me soltaste, olvidé como hacerlo solo y caí en picada, sin poder frenar, sin poder subir.

Hoy mis alas las he perdido, y me costará tanto poder subir de nuevo, porque he olvidado como se hace solo, así que tal vez tenga que escalar piedras y sangrar mis rodillas para llegar hasta donde un día estuve, pero sé que el tiempo, ahora que avanza sin piedad y no se detuvo con nosotros, me ayudará y que el viento que nos soltó, será el mismo que me impulsará a volar y ser quién era antes de haberte conocido, y ese enorme amor que te tengo, quedará intacto en esa caja de cristal que con tanto cuidado armamos.

Siempre te amaré, en cada hoja, en cada carta, en cada beso, en cada canción, tu nombre hará intermitente y me recordará lo que un día fuimos, y tal vez en un futuro ya no duela tanto, entonces, podré voltear al cielo y agradecerle por el tiempo que me regaló contigo.

Fotos vía: Florian Weiler Photography

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