Relato: Una segunda vez

PLAYLIST:

Dawn – The Cinematic Orchestra

To build a home – “”

I dont feel it anymore – William Fitzsimmone

Angel – Sara McLachlan

We never change – Coldplay


Hace más de tres años que no la había visto. La agonía y la tristeza lo tentaban más seguido que sus propios pensamientos, de irle a buscar, de estar con ella una vez más. Sin embargo le daba miedo que lo mirara con esa cara de cobarde, con esas manos temblorosas y esa carencia de firmeza en el alma.

Cargaba en sus hombros un dolor inexorable y casi siempre se apoderaba de su estómago un vacío extremo. Lapsos minúsculos que duelen como una eternidad inacabable. Muy seguido, en sueños, pesadillas y realidades repetía esas imágenes. Una y otra vez configuraba sus decepciones, se excusaba en culpas y cada vez, el espejo lo reconocía menos. Las lágrimas le habían envejecido su espíritu y de a poco le habían cegado la mirada. Lo habían dejado seco, con pocos pulsos en el corazón.

Todos los días intentaba bloquear la última mirada de tristeza, intentaba aislar las memorias de la vida desvaneciéndose entre los dedos. Suplicaba olvidar como se le esfumó en gritos y discusiones que la acabaron, que acabaron con el “nosotros” que ambos habían construido.

Cada día recuerda con dolor las palabras que no pudo decirle, sin pudor se auto flagela con hubieras y con momentos que rogaba no hubieran sucedido. Añoraba su espacio, su cercanía. La necesitaba cerca y cuando recurría a su presencia, siempre se topaba con pura ausencia.
Se le había ido y solamente le restaban fragmentos de memorias, pequeñas risas y un par de souvenirs: una taza llena de sarcasmos, días largos y el margen de una silueta que no se olvida.

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Y seguía, sin entender cómo se las ha arreglado para permanecer en un cuerpo que ya no le queda ni alma, se reprochaba y se maltrataba, recordando cuando quedó mudo, como no dijo nada… inclusive en esas últimas exhalaciones. No insistió, no luchó… se mantuvo postrado mientras se le escapaba del cuerpo.
Estaba consumido en ocasiones repetitivas, en las peores. Promesas innatas, intactas… que nunca se cumplieron y ahí estaba él, adicto a sus palabras, a su sonido, a su sabor. Era su tierra firme, su predicción obvia, la indudable, indiscutible, evidente.

Era, fue.  Eco, cesura.
Presente, pasado… era lo mismo.

Fragmentos borrosos, partida de desencanto y un par de almas rompiéndose en mil fragmentos, lamentos. La encontraba en cada cajón, en cada bolsillo. Estaba bien presente, incluso debajo de la piel. Y en cada inhalación se infiltraban caricias, carencias y versos que solo ambos se dedicaban, una levedad de un cuerpo al que ya no le cabe nada más, sólo le resta.

Se retiró, se la llevaron. Sin maletas, sólo con su historia y suerte, con sus cuentos y cariños. Los de ambos. Interminables excusas que lo llevan a rodillas, agonizantes gritos sin espíritu. Y de la garganta ya ni sonidos le salen.

Eran las 3:21 de la madrugada, seguía sin amanecer. El reloj postrado al lado derecho reprochaba que la extrañaba, su almohada le susurraba con desprecio y el par de tacones color carmesí seguían donde los había dejado… por si regresaba. Acomodados, lo único que se encontraba en orden.

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Mente descompuesta, alma desordenada y una vida deconstruída. Acompañado y bien solo.

Abrumado y acurrucado al borde de la cama, para que cupieran las medidas de su recuerdo y sus manos buscándola una vez más. Y otra y otra, repitiendo la rutina de vida.

La foto de ella estaba a su lado, con aquella sonrisa que la caracterizaba, que tanto extrañaba, que no pudo ser la última. Desgraciadamente no pudo ser la última. Un par de diarios que nunca se atrevió a mirar se mantenían en el librero, junto a esa pashmina de cachemir que aún conservaba la fragancia de ciruelos. Con recelo lo miraban de reojo y en sospechas él les preguntaba por su dueña. Una pista, un secreto, alguna forma de traerla no solo en el recuerdo, sino en vida. Su recuerdo intacto, su voz aturdiendo y un olor atosigante. Tarjetas de cumpleaños, promesas, vicios y tantas risas que se postraron en algún lado.

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Era la casa que habían construido juntos con trabajos de dobles turnos, con esfuerzos, sudor y muchas lágrimas… de risa, de dolor y de angustia. A veces no les alcanzó, a veces les sobró. Pero el esfuerzo transpiraba por las paredes, por los pisos de madera, por aquel ventanal que ella adoraba tener abierto en primavera. A veces las flores se asomaban a espiar la dulzura que emanaba la construcción, otras, como ésta, preferían ahondarse en la tierra y no asomarse en mucho tiempo. Era mucha casa para él, el espacio le sobraba.

Manos vacías, recuerdos austeros y una vida desabrida.

Su ausencia se agrupaba en cada rincón, su silencio se apoderaba y echaba de menos ese par de zapateos por el suelo. Todo traía su huella, inclusive ese piano que alguna vez estuvo rociado de brillo y hoy, de polvo. Estaba en huelga, en silencio… ya hacía mucho tiempo.

“Fuimos fugaces, lo fuimos” murmurando a regañadientes mientras se levantaba de la cama. Pies buscando un cielo y el andar descalzo lo guiaba al mismo hemisferio del hogar, al favorito de ella.

Las teclas no le daban la bienvenida igual, ni siquiera sonaban igual. Desde su partida, cada parte de su cuerpo y de su estancia le recriminaba no haberla traído de regreso aquella noche. Desde su huida… cada sonido, cada centímetro lo amonestaba y se quejaba en silencio. Aturdiéndolo.

La extrañaba, extrañaba la luz que le daba. Añoraba su pausado caminar, su manera torpe de bailar y recordaba como ambos llenaban el tiempo de desastres perfectos, de latidos incompletos pero infinitos, extrañaba sus sermones, sus destrezas… la extrañaba. Su mente, las yemas de sus dedos y su mismísima alma lo hacían también.

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“Fuimos fugaces, tanto que hasta las mismas estrellas pedían deseos al vernos pasar”

El banco de terciopelo lo llamó por su nombre, obediente él se sentó en el espacio que alguna vez pareció ser demasiado pequeño para dos personas. En ese momento, parecía sobrarle el mundo.

Era parte de la rutina, se sentaba, observaba y se retiraba, pero esa madrugada era diferente, le sobraba algo distinto, pero con un sabor de boca conocido…

En silencio respiraba el olor añejo del instrumento por el cual batallaron para adquirir en una tienda de reliquias. Ese era sonidos, canciones pero sobre todo historias y si éste pudiera hablar ¿quién pudiese creer las palabras del testigo?

Arrastró el primer roce como mera atracción, un imán, una invitación.. un reencuentro. Sus dedos al fin se encontraban con las suyas, con teclas. Toques de electricidad alimentaban a su piel y a cada extensión de carne. Estaba ahí y algo lo aseguraba. Intacto de admiración, aspirando la dulzura de cada instante.
Teclas con dedicatorias que lo hacían sangrar. Melodías tristes que algún día fueron excusa de bailes, de besos, de disculpas.

Todo comenzó ahí, así que debía finalizar ahí. Y ahora nada podía hacerlo detener, las ganas, las malas rachas, las heridas que seguían doliendo y sobretodo su presencia que era más ausencia. Estaba ahí y era su reivindicación. De forma pausada la partitura la exponía, la construía.

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Tocando sin desdén hasta arder el alma, hasta cansar la mente, hasta anestesiar el dolor… por momentos su cara, por momentos esa última vez, por otros incendio, cenizas y el carro destruido.
Teclas. Música mezclada con llanto, con tanto guardado. Estaba lloviendo, era tarde por la noche. Recuerdos, recuerdos. Sumergiéndose en encuentros, en el final de la carretera. Gritos, demasiados de estos. Música demasiado fuerte, atestiguando cómo todo ardía, como las palabras no salían.

Un choque y ya sabe el resto. Todo regresaba, esas lágrimas, esa forma de arder, esa última forma de despedirse. Todo regresaba, lo perseguía, lo distraía, lo concentraba… todo regresaba, repetitivo a excepción de ella.

Sumido en un frenesí. Deseaba haberla conocido antes, así hubiera podido tenerla en sus brazos más tiempo. Deseaba haberla conocido de más, para besarla más, para guardar el latir más tiempo. Deseaba haber conservado una pizca de ella, para sacarla cuando le falté. Y le faltaba, cada día le faltaba.

Y la piensa como si ella lo pensara, la quiere como cuando estaba, le canta, le toca música como si ella escuchara, la espera como si nunca se hubiera ido y la vive como si nunca se hubiera ido.

Y ésta, una forma de llevarla a casa, de haberla salvado, de haberla protegido. Ésta una forma de empezar por segunda vez. Como un timón, tomaba al instrumento y se enardecía en él, crecía, buscaba y creaba.La construía, con detalles que solamente él observó, la moldeaba en pormenores y cada recuerdo, cada momento estaba ahí, perfecto para apreciar. Lo hacía con affetto, con brio, con larghezza, con somma passione y con molto amore.

Notas recicladas, otras nuevas. Descendiendo, alternando e imitando una y otra vez la forma, aumentando su estadía, alargando el tiempo: en cánones y capas. Dulcemente, dolorosamente, dramáticamente, tal y como lo era ella. Cada movimiento un rasgo, cada pausa un gesto y cada suspiro un fino encuentro. Y las teclas se entrelazaban con sus manos y sentía el roce de otras al borde de las suyas y su esencia brotaba por su olfato. La sentía y la vivía: adagio, allegrissimo: Lento, rápido.

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Y estaba ahogándose en un mar de composiciones inexactas, de una musicalidad distinta, ajena pero le sonaba “conocida”. Y las partituras gozaban su tacto y después de tanto tiempo la tenía cerca, le susurraba una letra que sólo ellos dos sabían y bailaba alrededor de él…

… por un momento juró verla, juró tenerla, juró que había regresado… juró que era ella en ese par de tacones carmesí bailando, riendo torpemente… existiendo. Mientras se ponía en pausa el mundo y se volvían a mirar por segunda vez, ésta vez infinita. Aunque tan solo era una estrella fugaz, decidió montarse en ella. Una segunda y última oportunidad.

Texto: Sofia Salame

Fotos: Andrea Florens / @andy_flo_e

Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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