Una historia de desamor

Todas las historias de desamor son tristes. Si fueran felices, serían historias de amor, no de desamor.

Cada una piensa que su historia de desamor es peor y más trágica que la de las demás, pero algo he aprendido, y es que ésta si es la peor historia de todas: porque cuando te levantes un día, te mires al espejo, no te reconozcas más, no te ames más y no te contemples más como tu propio amor verdadero, estarás viviendo la peor historia de desamor de todos los tiempos.

Porque después de ese día, dejas de ser la misma. Tus ojos ya no reflejan la dulzura de tu alma y la sonrisa que llevas a todos lados, no es precisamente tuya.

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Y mis dudas sobran. Porque no se que sea peor, si vivir esperando sin saber lo que quieres o vivir buscando sin entender lo que encuentras. Porque has vivido criticándote por años, cuando en vez, deberías de intentar aprobarte, amarte, decirte que sí. Que ya verás como la vida te sonríe de regreso.

Pero algo sé. Y te aseguro, que el miedo de saber que aunque creas que todo es tuyo, nada verdaderamente te pertenece, es el peor de todos los miedos. Porque en verdad es aterrador, cuando en tu historia de desamor, dejas de pertenecerte y todo lo que un día fuiste de ti misma, desaparece.

Hoy puedo aceptarlo. Está bien si la escogiste a ella, en algún punto todos escogemos a la persona equivocada, y pues yo, por ejemplo, te escogí a ti.

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Y me perdí. Sí, me perdí tratando de enamorarte. Me adentré en las profundidades del mar, aún cuando la bandera indicaba marea roja. Dentro de todo ese mar de gente, te escogí a ti, dentro de todo ese mar de gente, me perdí a mí.

Perseguí el riesgo, concebí el peligro. Me enfrenté a mis demonios, y por si fuera poco, me tope con los tuyos. No era de extrañarse, pues no se cayeron nada bien. Mis miedos eran tantos y los tuyos, otros tantos más, que casi se complementaban. Nosotros, como dos buenos polos opuestos, nos sentíamos atraídos el uno hacia el otro, mas al dejarme llevar por la fuerza del instinto -esa que no se puede vencer- y tratar de entrar en tu mundo, me tope con tus barreras, esas que siempre firmes, nunca pude derrumbar.

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Y me dueles. Lo peor de todo es que me dueles, que me dueles y que lloro por la pérdida de algo que nunca tuve, de alguien que nunca me perteneció, ridículo.

Quería tener razón acerca de ti. Quería comprobarle a todo mundo que eras lo que yo veía, o al menos lo que creía ver. Quería presumirte, que fueras ante todos, lo que eras para mi. Quería que el mundo entero se enamorara de ti, tal vez de esa manera sentiría que mi amor hacia ti era validado, compartido, a pesar de nunca haber sido correspondido. Ahora lo entiendo, y es que a veces, tener paz, es mejor que tener la razón.

Pero el dolor es algo que todos tenemos en común. Y no es sólo una pérdida lo que nos duele, es la vida, es el cambio el que nos hace enfrentarnos ante lo desconocido, ante la desesperanza de no conocernos estando en otro lugar y tener que acostumbrarnos a un nuevo yo.

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Y es así como sobrevives. Es así como te mantienes con vida, porque cuando algo duele tanto, tanto que no te deja ni respirar, es cuando el suspiro del último esfuerzo te recuerda que aún respiras. Y así, es como logras sobrevivir un día más.

Quería tenerte. La soledad era el mejor pretexto, la necesidad era la causa y el deseo volvía irresistible a ambas. Quería tenerte, y al parecer, pagué las consecuencias.

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Y si, me haces falta. Pero la verdad es que sé que me haces más daño que falta. Porque te aferraste a enamorarme, con tus palabras y locuras; pero quién podría creerte, si con cada acción, me destrozabas lentamente.

Entre los que viven esperando que regresen a quienes dejaron ir, y los que no se atreven a regresar, me encuentro yo. Que te dejé ir porque te amaba, pero te sigo queriendo de vuelta. Aún sabiendo que a tu regreso, harías de mi historia de amor, de nuevo una historia de desamor.

Texto por: Tamara Bernstein

Fotos: Jeff P.

Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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