Carta abierta, a mi memoria.

Mi cerebro no tiene que descubrir cómo hacerlo cada vez, es cotidiano y él simplemente lo sabe, como dar un paso tras otro. Hacía atrás, para recordarte… una y otra vez.

Parada en la oscuridad le hablo al vacío como si aún estuviera conmigo y noto como un reflejo se apodera de mí. No estoy segura de dónde viene, pero es una sensación fuerte, ensayada y bien aprendida.

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Digo su nombre como si lo escuchara, como sé que lo escuchó alguna vez. Empiezo a creer que su recuerdo y su estar en mi mente, —claro, el único lugar donde ahora lo encuentro— comienza a hacer una acción en automático, como si mi cerebro no necesitara la indicación específica de pensarlo, de soñarlo. De no solamente creerlo, sino vivirlo.

Curiosamente lo mismo sucede con mi respirar.

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Maldita necesidad fisiológica de extrañarlo. Maldita y asombrosa memoria muscular, ¿en qué momento decidiste hacerme esta mala jugada? ¿No supuestamente éramos equipo?

Tú y y yo cohabitamos el mismo cuerpo y durante mucho tiempo fuimos aliadas: te entrené para recordarlo todo, para repararlo y reconstruirlo, como cuando juntas tuvimos que salir de esa fuerte lesión de rodilla, ¿recuerdas? Fuiste tú quien sabía a la perfección mi caminar, fuiste tú, quien después de tres meses sin sentir mis pasos recordó como hacerlo y eres tú quien después de tanto tiempo sin verlo lo trae todos los días a mi vida, incluso ante mis rotundas negativas.

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Te ruego, dejes de poner su estúpido acento regio en mi boca y elimines por completo sus palabras de mi vocabulario. Ciega mis ojos ante la imagen de su sonrisa y de una vez olvida también, su número celular.

Ya no quiero descubrir el mundo a través de su mirada, ni mucho menos de su perspectiva, piensa a través de la mía, la nuestra. Déjame dormir sin la almohada entre mis piernas que lejos esta de ser similar a su cuerpo.

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Querida memoria: eres terca, necia como él, imposible de ganarles la batalla, tú haces que cada noche mis músculos se aferren a la misma posición para poder conciliar el sueño, que sabes no ha sido fácil desde que se fue.

Por favor, recupera mi ritmo y deja de caminar bajo su marcha. Recuerda puedes ir tan rápido o lento como tú lo desees, él ya no esta sujetando mi mano, pero de alguna manera aún amoldas el arco de mis dedos como si siguieran entrelazados con los suyos.

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Camina veloz, es más, corre, emprende vuelo y aléjate lo más que puedas de cada lugar que visitamos juntos, de cada sueño suyo, que bien te encargaste de hacer mío. Corre porque al parecer, de vez en vez, como por inercia aparezco ahí sola, soñando sus sueños, viviendo su vida, jugando sus juegos, y nuevamente todo es en automático.

Vuela y vete años atrás, recuerda, repara y reconstruye lo que fuimos antes de que él se apoderara de ti, y tú a tu vez, de mí.

Pd: El fideo seco es un gusto adquirido también, olvídalo.

Texto: Lola y Sam

Fotos por el grandioso: Ryan Muirhead

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