El día que empecé a vivir.

Te recomiendo oír esta canción al leer mi post: Jack Garratt – Surprise Yourself


Un día te levantas y decides que quieres ser la mejor. Que te quieres comer al mundo, que quieres conocer todo y a todos. Y a partir de ese día, no paras. 

No paras de correr en apuros, no paras de trabajar como loca, no paras hasta terminar con los listados de cosas por hacer y no paras, no lo haces porque enserio quieres ser la mejor y tu cuerpo te lo dice, tu mente tiene hambre y tu corazón se hincha de las ganas de llenarse de todo.

Y la vida es cotidiana y tu segundo nombre es rutina, haces lo mismo, no cuestionas ni reflexionas, tu cuerpo es intransigente y efímero y nada te ayuda a trascender porque estás muy ocupada preguntándote cómo hacerlo.

Y quieres todo, el tiempo no se detiene y te hace falta tiempo.

Y no quieres detenerte, porque nada lo vale. Porque eres egoísta con tu tiempo y tus metas y eso está bien. 

Y entonces ya no duermes porque necesitas acabar los pendientes, empiezas a cancelar eventos -que te parecían importantes- por atender tus prioridades y entonces ya no tomas café ni postre porque engordas y porque tienes que correr a la siguiente cita y dejas de gastar dinero porque estás ahorrando por un futuro mejor y dejas de usar esos tacones tan altos que tanto amabas “porque ya no estás en edad” y entonces y entonces….

Y trabajas más. Duermes más. Cancelas más. Vives menos. Disfrutas menos.

Y entonces dejas de hacer lo que tenías planificado, eso que realmente deseabas: correr el Triatlón, escribir tu primera novela, aprender a cocinar, visitar París, aprender otro idioma, enamorarte….

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Y ya no te ríes como tonta porque ya no eres una niña y ya no vives despreocupada porque la angustia se inserta en tu mente y en tu alma.  Y colectas cosas, prendas y evidencias para la aprobación social. Y te preocupas por hacerles ver que disfrutas tu vida mientras snapchateas todo y eliges el mejor filtro de Instagram.

Y estás encadenada y no lo notas.

Y has dejado de pintar, porque ya no tienes tiempo y has dejado de salir a caminar los sábados en la mañana porque prefieres dormir un par de horas y le has cancelado porque te ofendiste cuando no te mando el mensaje de la mañana.

Y ya nada te sorprende, estás exhausta y te asfixian los pendientes, las ganas, los deberes.

Y empiezas a vivir menos y a sobrevivir más, dejas de tener tiempo para los que nunca abandonaron la primera fila y tu mundo tiene un dueño en plenitud: tú mismo, tu única prioridad.

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Y de repente, se te detiene el mundo. De la mala o la buena forma, abres los ojos por primera vez. Dejas que entre la luz a tus ojos y los detalles se magnifican. Y sí, sientes la necesidad de sentirte más viva.

Y dejas de correr.

Y por primera vez le alzas el volumen a esa canción que tanto te gusta mientras estás atorada en el tráfico y por primera vez intentas correr esos 10 kilómetros, comienzas ese par de párrafos de la historia que había habitado tanto tiempo tu mente. Y de a poco dejas de mentirte tanto.

Y ves hacía el cielo más, respiras más profundo, saboreas ese Martini de manzana que tanto te gusta y te pones ese par de tacones de lazos que te volvieron loca en el anaquel.

Y eres más tú. Y te sientes un poquito más libre. Y es un poquito más fácil.

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Y de a poco comienzas a notar como tu corazón late a mil por hora cuando ves a ese que tiene la llave de tu corazón. Y te detienes y percibes como te sudan las manos al oír su voz. Y te detienes y percibes como tu cara se sonroja cuando escuchas su nombre… y detienes y te das cuenta que no te llamas rutina ni que tu segundo nombre es cotidiana.

Y pides esa copa de vino cara, te sueltas el cabello y te dejas llevar como niña y ríes y ríes. Y pides el postre que tanto te gusta, porque la panza igual crece, te dejas de matar por la angustia porque todo al final se resuelve, dejas de ahorrar cada peso porque al final encuentras el valor en gastarlo y dejas de colectar cosas y comienzas a colectar más experiencias.

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Y de a poco, dejas de morir lentamente y comienzas a vivir lentamente, sin esa aprobación social.

Y te haces un poquito más espontánea, comienzas a aprender Portugués y por primera vez visitas Paris, que tanto morías por hacerlo.

Y ya no buscas agradarles, quedar bien con todos, sino estar en contento contigo misma y por primera vez dejas de huir y empiezas a encontrarte. 

Y te sientes viva y la sonrisa de un extraño ya no es tan extraña y el amanecer en tu cama ya no es rutina si no una bendición y el poder caminar no es algo obvio si no es un privilegio.

Y te agrada cada detalle y te hace sentir más viva cada detalle. Y la vida, ya no es simplemente vida, ni un beso, simplemente eso… sino que es algo más, todavía no sabes qué pero es algo más allá. 

Y entiendes que estás viva y que tu tiempo es limitado y que necesitas salir más de tu zona de confort, necesitas desafiarte más, necesitas empujarte y darte más oportunidad de sufrir, amar, disfrutar, reír, llorar….

….vivir.

Texto: Sofia Salame 

19 comentarios en “El día que empecé a vivir.

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