La Incasable, y a mucha honra

Por: Bitty Navarro (a.k.a.: Ene)

Mujer que sabe latín, no encuentra
marido ni tiene buen fin.
Dicho popular

He estado al pie del altar, o más bien, frente a un juez del Registro Civil, más veces de las que hubiese deseado. Hace poco casi contraje matrimonio con un estadounidense, lo cual suponía un gran sacrificio de mi parte, pues llevo dieciséis años viviendo en México y sin intenciones de irme a otro país. Casarme con él, por cuestiones laborales, significaba que me iría a vivir a California, renunciando a mi sueño de vivir mis días en una playa mexicana. Hoy vivo en una playa mexicana: sí, una vez más, regresé el anillo.

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En pleno Siglo XXI, en México, una mujer culta tiene dificultades encontrando a una pareja que no la haga menos por ser culta, por tener buen trabajo, por tener éxito, o a veces, por el simple hecho de ser mujer. Tengo 30 años, un nivel promedio de latín, una licenciatura, una carrera medianamente exitosa, y por supuesto, me han dicho quedada o incasable más veces de las que puedo —o que me interese— recordar. Es difícil, para cualquier mujer, no introyectar este tipo de comentarios. De alguna forma, el haber estado comprometida en cuatro ocasiones me ha protegido de creerme incasable o quedada: todo parece indicar que no tengo problemas para encontrar quien quiera casarse conmigo, aunque tengo un nivel promedio de latín, amo aprender, tengo mi buena cantidad de tatuajes, soy solitaria por naturaleza y mi curiosidad intelectual parece no tener límites.

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Desde el último anillo que regresé, hace tan solo unos meses, le he tomado cariño a la palabra «incasable». La palabra «quedada» como insulto, si bien siempre me ha parecido ridícula, ahora me parece sencillamente absurda: una joya de humor involuntario que lanza un hombre machista o una mujer machista (las hay, y muchas) como patadas de ahogado al ver que una mujer se les ha salido de control, que se ha salido de la norma. Pero hoy vengo a hablar sobre todo de la palabra «incasable» y mi nuevo amor por ella.

Claramente, no soy incasable en el sentido en el que quienes buscan usar ese palabra en mi contra, como insulto, pretenden que crea que lo soy. No parezco sufrir por falta de gente que se quiera casar conmigo, sino al contrario. Hoy me asumo como incasable no porque sé algo de latín, o porque soy curiosa intelectualmente, o porque tengo una carrera medianamente exitosa. Tras el último anillo regresado, comencé un análisis en retrospectiva: ¿por qué he regresado tantos anillos? Y lo que encontré me ha hecho verme a mí misma de forma mucho más amable.

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Soy incasable porque no estoy dispuesta a prometer estar con alguien el resto de mi vida si no veo que ese alguien me trata como su igual, si detecto, como suele pasar después de que te dan el anillo, que sienten que te tienen segura y empiezan los pequeños abusos, se rompe la reciprocidad, se echan para atrás a rascarse el ombligo: te tienen atada.

Las personas solitarias solemos ser, a la vez, altamente independientes. La mera idea de que alguien pueda concebir el que acepte casarme como tenerme garantizada, ¡y desde antes de que firme un papelucho con poco valor como promesa!, es ya un trato desigual. Si además, sentir que me tienen garantizada entra en juego y comienzan los juegos de poder, las palabras de abuso, o sencillamente, el descuido a la relación y la pérdida de reciprocidad: ¿para qué y por qué me voy a casar con esa persona? Un matrimonio supone reciprocidad, trabajo mutuo, es mucho más un estilo de pacto entre socios que emprenden para construir una empresa que un arrebato de enamoramiento en el que, tarde o temprano, caerá el velo de la idealización y cualquier mutualismo, igualdad y reciprocidad quedará anulado.

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No, no me quiero casar. Pero no es que esté cerrada a la posibilidad. Si encuentro a alguien dispuesto a crear un lazo conmigo en condiciones de igualdad y donde ambos entendamos que nada en la vida está garantizado, que si el trabajo en la relación deja de ser mutuo, no tiene caso seguir asociados, no veo por qué no casarme con esa persona.

Sucede que soy incasable ante cualquiera que no acepte esos términos o, peor, que crea que por darme un diamantucho ya me tiene garantizada de por vida. Mi libertad vale más que un diamante. Y mi libertad vale más que un matrimonio mal hecho, condenado o al divorcio o a vivir frustrada, enojada, resentida con alguien a quien en algún momento supe amar.

Incasable soy y seguiré siendo, y no porque sé chapurrear algo de latín y tampoco porque no tendré buen fin. Incasable soy hoy, y quizá para siempre, porque me respeto a mí misma; porque le tengo sumo respeto el valor de dar la palabra; porque si hago una promesa y alguien me la hace de regreso; porque cuando hago un pacto con otro espero que ambos la cumplan según los términos bajo los cuáles se haya dado dicha promesa; porque no voy a renunciar a mi libertad para sufrir tratos de desigualdad, mucho menos maltratos, y ante todo, soy incasable porque no le veo caso a establecer una unión –una sociedad empresarial si se ve de forma muy fría– si mi socio no va a jalar su parte de la chamba.

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Incasable, a mucha honra: no creo que hable mal de mi persona el no querer verme atorada en una situación donde lo prometido queda olvidado, el trato justo entre iguales aniquilado, la reciprocidad hecha trizas, o peor, donde empieza a florecer abuso y maltrato hacia mi persona. No hay diamante en el mundo que valga perder mi paz interior, que valga la decepción de encontrarme con alguien que no le da valor a las promesas, que valga mi libertad y el amor a mí misma que llevo tantos años construyendo (y me falta, ¡me falta construir más!).

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Y tú, querida lectora, ¿qué valor le das al amor propio? ¿Eres incasable porque te quieres a ti misma? ¿Te sientes incasable porque la sociedad te lo ha dicho? ¿Estás casada y vives un matrimonio sano? ¿Estás casada pero estás incómoda y sientes cómo va enfermando tu relación? Las invito a la sección de comentarios o a escribir en mi página de autora de FB sobre el tema, sobre sus experiencias en relaciones románticas, sobre su concepción del matrimonio, en esencia, ¡las invito a escribir y que todas demos testimonio, ofrezcamos nuestras visiones de mundo y creemos así, poco a poco, una sororidad, una unión entre mujeres cada vez más fuertes!

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Autor: Mujereologia

El blog que vino a revolucionar la vida de las mujeres, el guilty pleasure de los hombres.

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